El relato de Martín – Nuestro santo patrón

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Autor: Martín Llade – Transcripción: Phineas Theron – Dibujo: Javier Castiella

Relato XLV – Nuestro santo patrón

Texto extraído íntegramente del programa de RNE: “Sinfonía de la Mañana“, por Martín Llade. 16/01/2015

La Puerta del Sol, estaba a rebosar aquella tarde de enero, cada uno en su respectivo puesto, las manos hundidas en sus abrigos; contemplaban el trasiego del paisanaje humano, con aparente indiferencia.

“El Piñata”, se encontraba frente a la Casa de Correos; “Canovitas”, en la parte que da a la Plaza Mayor; mientras que “Gurriato”, controlaba la zona a los parroquianos que se dirigían a la misa en “El Buen Suceso”.

Había helado, y el pavimento deparaba desagradables sorpresas a los viandantes; por ejemplo, a una ancianita que resbaló y a punto estuvo de dar con sus huesos en el suelo; “Gurriato”, la sujetó a tiempo, a lo que la anciana replicó con un agradecido encogimiento de hombros.

“El Piñata”, miró la hora en el reloj de la Casa de Correos; pronto se haría de noche, y era menester ir pensando en la retirada. Abandonó su puesto, e hizo señas a los otros, que se le acercaron, arrastrando sendas cortinas de vaho emergiendo de sus bocas.

-¿Qué tal fue la pesca? –inquirió “El Piñata”

-Fetén –repuso “Gurriato”.

-De buten –respondió “Canovitas”.

Y, comprobando que no estuviese cerca ningún miembro de la “Respetable”, sacó de su bolsillo una abultada cartera, y un reloj que, o les engañaba la cetrina luz del atardecer invernal, o… ¡era de oro!

Se frotaron los ojos, y “El Piñata” le hizo señas de que volviera a esconder aquello; al menos el reloj.

-¡Qué cadenón! –exclamó–; ni en “Las Navas de Tolosa”; pero, dame la cartera, que si es del mismo “pollo”, seguro que es de plumón fino.

Y examinó la abultada pieza, trabajada en oloroso cuero. Una labor de artesanía, sin duda alguna. La abrió con la misma delicadeza con la que hubiese desenvuelto un paquete de regalo, y examinó su contenido.

¡Billetes de los grandes! Ya tenía pensado lo que hacer con ellos: se iba a comprar un traje de pana, para llevarlo los domingos al Retiro con su moza, “La Carracuca”; así, vestidos ambos de gente honorable, podrían hacer su “agosto” en aquel crudo invierno.

“El Piñata”, siguió examinando la cartera, donde encontró una fotografía, una carta, y un documento acreditativo de la identidad del “desplumado”; al ojearlo, empalideció.

-¡¡Los clavos de Cristo, y parte del madero!! –saltó, sin importarle llamar la atención de varios transeúntes–. ¡¿Pero qué habéis hecho, desgraciados?!

-¿Qué pasa? –preguntó “Canovitas”.

-¿Que qué pasa, so guripa? ¡La que has armado! ¡De ésta vamos al Infierno! ¿A quién le has quitado esto?

-Pues… A un gachó repulido. Con mostachón gris, y que caminaba así: como un general de regimiento.

-Hay que encontrarle –insistió “El Piñata”.

“Canovitas” dijo que, a esas alturas, ya podían echarle un galgo; porque, pasaban ya cinco minutos del “usufructo”. Tanto “Gurriato”, como él, no se explicaban lo que le pasaba al Patrón. “Piñata”, reparó entonces en el Salón de Té de Garín, que también era una afamada confitería.

-Allí –dijo. Es muy aficionado a los pasteles–. Arreando, que es gerundio.

Entraron, y en efecto; allí encontraron al hombre del bigote, revolviendo sus bolsillos un tanto azorado, mientras uno de los dependientes sostenía, ante él, una bandeja de pasteles.

-Pues no me explico dónde la tengo; ni tampoco el reloj –se excusaba el Hombre.

-¿Maestro Chueca? –le abordó “El Piñata”, mostrándole ambos objetos–. Me temo que se le han caído estas cosas en la calle.

Chueca, los miró de arriba abajo un tanto desconcertado. El dependiente, que les conocía de sobra, le susurró algo al oído. El músico palideció desconcertado pero, antes de que dijera nada, “Piñata” pidió cuatro cafés y mesa. “¿Les importaría tomar algo con ellos?”. Chueca dudó, pero aceptó. Una vez sentado, “Piñata” le hizo solemne entrega de la cartera y el reloj.

-Esto es para Usted, maestro –le dijo–: en prueba de nuestro agradecimiento.

-¿Agradecimiento?

-Así es. Usted ha dignificado la “profesión”. La “Jota de los Ratas de la Gran Vía”, es nuestro himno sagrado; y ahora tenemos para el madrileño, la misma consideración de monumento nacional, que las planchadoras, los organilleros y los serenos. Nos ha dado la vida, y le estamos muy agradecidos. Podría decirse, incluso, que es usted nuestro Santo Patrón.

Chueca, asintió azorado. ¿Qué podía decir si no: gracias? Les firmó varios autógrafos y después, se retiró maravillado. Ni siquiera le dejaron pagar la cuenta. Ardía en deseos de ver a Valverde, y contarle el extraño suceso que le había acontecido; y se preguntaba si sería abordado en alguna otra ocasión por más personajes de sus obras, como “La Menegilda”.

Esa noche, al irse a dormir, descubriría con más estupor, que en la cartera había nada menos que trescientas pesetas; un donativo de los “Tres Ratas”, al parecer fruto de la recaudación del día.

En el salón de té, los “Ratas”, contemplaban extasiados los autógrafos. El camarero les miraba de vez en cuando con ganas de pasarles la minuta.

-¿No nos habremos pasado con lo de las trescientas pesetas? –dijo “Canovitas”. Era un pellizco de los gordos; y yo me quería comprar un sombrero nuevo.

-No hay problema –respondió “El Piñata” –, tenemos todavía la tajada de hoy del “Gurriato”. A ver, paga.

“Gurriato”, se llevó las manos a los bolsillos, y luego abrió la boca incrédulo:

-¡Pero, qué diablos! ¡Me han robado la cartera! –y luego cayó en la cuenta–: ¡¡Maldita vieja!!

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