El relato de Martín – Cosa de familia

Granados

Autor: Martín Llade – Dibujo: Javier Castiella – Transcripción: Vicente Rojas

Texto extraído íntegramente del programa de RNE: “Sinfonía de la Mañana“, por Martín Llade. 13/02/2015

Contempló el ancho de la piscina, aguas de un falso azul zócalo, mansamente varadas en su parálisis química. Aguas sin sabor a salitre, sin reflejos escamados de vientre de pez, ni cicatrices de ahogados en su superficie. Pero al fin y al cabo capaces de deparar una muerte arrullada. Vio su silueta en las aguas, los brazos en jarras, los muslos tensos como cuerdas de violín, buscando con la mirada el reflejo de su propia sangre, pero no la veía.

-¿A qué espera?-le dijeron-adopte la posición o llegará el último.

Contrajo su cuerpo, los dedos de las manos cruzados como un filo caudal capaz de cortar en dos las aguas. Las abriría de cuajo y los sacaría de allí. Sonó un disparo. Se arrojó de cabeza y su cuerpo restalló en mil burbujas. Ya estaba dentro. Los buscó.

La detonación que escucharon en el barco hizo alarmarse de inmediato al pasaje. Habían disfrutado de una travesía tranquila desde Londres, donde hicieron escala imprevista, al haber perdido en Nueva York el barco que debía traerles de vuelta a España. Pero claro, ¿quién iba a decirle que no al presidente de los Estados Unidos? Wilson, el ahora adalid de la paz, le invitó a tocar para él música española. “Que hermoso es lo que usted hace-le había dicho- ¿por qué los hombres no emplean sus fuerzas y su talento para cosas así, en lugar de inventar mil nuevas maneras de matarse?”. Él se había encogido de hombros. No era algo a lo que pudiera tener respuesta. En el fondo se sentía algo culpable porque el mundo estuviera en guerra y él se encontrase en el mejor momento de su vida. “Es increíble-le había dicho a Amparo- ningún compositor español ha vivido lo que yo ahora”. Y pensaba que en el fondo no se lo merecía, que sus piezas para piano, sus cuadros cantados que constituían una pequeña ópera y un puñado de canciones, no valían para tanto. Las encontraba hermosas porque no eran sino su expresión de la música que pugnaba desde que tuviera uso de razón por aflorar de su interior. Pero ahora llegaban personalidades como Fritz Kreisler y Paderewski y le decían que era un nuevo Schumann o el Grieg español y él no acababa de creérselo.

-Son ustedes demasiado amables. Yo no merezco tanto-afirmaba. Hasta que Pau Casals le señaló el público que aplaudía extasiado a Goyescas y le preguntó si aquello era la respuesta lógica a la vulgaridad que él pensaba seriamente que había creado.

-Enric, paisano-le dijo en catalán, que era la lengua en la hablaban entre sí, lo que de alguna manera le hacía dudar de si realmente no se encontraría en la cama, en su casa de Barcelona, a punto de despertar, en lugar de en el Metropolitan Opera House- mira, lo han entendido. Son americanos, no saben una palabra de castellano, las jotas son tan raras para ellos como las montañas de la luna, y, en cambio, les han llegado al corazón. Disfruta de tu triunfo, pero no te ahogues, el éxito es una marejada bravía, y le puede engullir a uno al primer golpe de viento.

-Ja,ja-rió Enric-no te preocupes, que no sé nadar. No dejaré que me engulla.

Y salió a saludar. Los últimos días fueron muy especiales. Un artista hizo una mascarilla con su rostro. “Ahora me parezco un poco más a Beethoven” bromeó, y sus amigos músicos le entregaron una copa llena de monedas que sumaban cuatro mil dólares. “Cuanto pesa el éxito-exclamó esa noche, en la primera travesía del barco, al guardarlo en el cinturón que llevaba consigo durante los viajes para tal cometido. A Stravinski le había hecho gracia el detalle del cinturón cuando lo conoció en París. “Tenga usted cuidado-bromeó- como se corra la voz le van a partir por la mitad como a una alcancía para sacar lo que lleva dentro”.

-¿No éramos más felices cuando no teníamos que llevar tantas cosas encima?-le dijo a Amparo-Al fin y al cabo, la música la llevo conmigo en la cabeza y no me pesa nada.

-Mientras nos tengamos el uno al otro y a nuestros hijos, nada nos faltará- le dijo Amparo rodeándole con sus brazos.

Y ahora era Amparo la que le faltaba. Tras la detonación los pasajeros  creyeron que se trataba de una colisión con un iceberg, pero en el Canal de La Mancha no los había. Otros pensaron que era una mina alemana, pero él supo de inmediato que se trataba de un submarino. Aquellos engendros diabólicos, curiosamente inventados por un español, sembraban el terror en las costas británicas hundiendo todos los barcos que trataran de avituallar a la isla. Se habían producido algunos ataques a pesqueros y otras embarcaciones civiles. Pero nadie pensó que una nave de recreo, con pasajeros, como era el Sussex, fuese a correr una suerte así.

Granados buscó a su esposa desesperadamente por la cubierta inclinada, resbaló y se golpeó contra un bote a punto de caer por la borda. Un marinero lo cogió de los hombros y lo metió en él. Dejaron caer el bote, que rebotó contra las aguas, pero se mantuvo estable.

“Mi esposa, mi esposa” gemía. Los marineros le gritaban en inglés que se estuviera quieto. La vio entonces en medio de las olas, rodeada de maletas y cuerpos de otros pasajeros, agitando las manos.

“Enric, Enric”. Le recordó a aquella vez que se encontraron casualmente en la Barceloneta e iba acompañada de unas amigas. Como profesor suyo que era de piano le parecía poco apropiado tratarla fuera de las horas de clase y trató de hacer como que no la veía. Pero ella le llamó entre la multitud, agitando el brazo, con su boca contraída, como una gaviota carmesí, en una sonrisa cómplice. Y se acercó. Y aquella noche acabaron cogidos del brazo, él tarareándole al oído una serenata pícara de su invención. Y ahora Amparo se debatía, devorada por la espuma herida del mar. Era buena nadadora, y siempre se burlaba de él en ese sentido. “Mucho componer, pero no sabes ni chapotear como un perro. Estos genios…”. Se soltó de los brazos de los marineros y se arrojó a por ella. Milagrosamente, pudo bracear hasta asirla por la cintura.

“Amparo” le dijo. Acaso hubieran podido mantenerse a flote un poco más, pero el peso del éxito, los cuatro mil dólares que llevaba en el cinturón de viaje lo arrastraron. Ella aún tuvo tiempo de susurrarle mientras se hundían abrazados:

“T’estimo molt”.

No quedó rastro de ellos, ni tumba a la que llorar. Enrique hijo braceó dentro de la piscina. Tras lo sucedido había decidido aprender a nadar, quien sabe si no lo necesitaría en el futuro. Y puso tanta tenacidad en ello que llegó a ser campeón nacional. Y cada vez que se sumergía en el fondo de la piscina los buscaba desesperados, bailando un vals lento, al son del arrullo de las anémonas. Pero nunca los encontraba.

-¿Cómo nada tan rápido este chico?-se preguntaban sus entrenadores-¿de dónde saca la fuerza con tan poca cosa de cuerpo?

-Es cosa de familia-decía él al salir de piscina. Y las gotas de agua disimulaban maravillosamente las lágrimas que vertía en cada zambullida por sus padres, Amparo Gal y Enrique Granados.

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