El relato de Martín – Dejadme morir en paz

 verdi

Autor: Martín Llade – Dibujo: Javier Castiella

Texto extraído íntegramente del programa de RNE: “Sinfonía de la Mañana“, por Martín Llade. 22/01/2015

Se dio cuenta de que despertaba recelo en el jurado, apenas entró en la sala. Eran tres examinadores, todos enjutos y con perilla, expresión adusta y un reloj en la mano. Evidentemente, consideraban que su tiempo era demasiado precioso como para perderlo con un provinciano.

-¿Pero dónde está el aspirante?-le preguntaron. Les dijo que era él. Menearon la cabeza con contrariedad. Pensaban que tenía nueve años.

-Diecinueve-repuso sintiendo vergüenza por ello. ¡Diecinueve! Cabecearon perplejos.

-¿Y dónde ha estado usted hasta entonces?-inquirió el que estaba sentado en el centro, acaso el de mayor rango de los tres.

-Pues aprendiendo…

-¿Aprendiendo con quién?

Empezó a tartamudear. Citó un par de nombres que no les sonaron a nada y acabó confesando que en gran medida había prendido a tocar el piano por su cuenta. Primero en una espineta que su padre le había comprado cuando tenía ocho años, y después en el órgano de su pueblo.

-¿A qué se dedica su padre?

-Es…mesonero.

-¿Mesonero?

Cuchichearon entre sí. Parecía un chiste. Aquel joven desgarbado, con su acento de paleto parmesano, pretendía ingresar en el Conservatorio.

-Escuchémosle. Cuando menos, será divertido-propuso el de la derecha.

-A ver, toque algo-le instó el portavoz. Preguntó qué querían escuchar.

-Lo que sea, menos canciones de mesón.

Se sentó frente al piano y respiró hondo. De entrada, no les gustó su forma de encorvarse sobre el teclado, ni cómo colocaba las manos encima de las teclas.

-Pues si les parece bien, interpretaré un capricho de Heinrich Herz y luego…si no les importa-sintió cierto embarazo al decirlo-un tema que he escrito yo.

-¿Compone y todo?-le replicaron-vamos a tener que admitirle directamente en el último curso. Vaya con el organista parmesano.

Tocó. Ni mejor ni peor que en otras ocasiones. Como había aprendido por su cuenta, entre golpes de jarra contra las mesas, tintineo de vajilla y discusiones sobre la cosecha. Pero luego, eso era cierto, cuando sonaba su música los clientes guardaban repentino silencio en el mesón. Y después, cuando la parroquia lo contrató para los servicios religiosos, la iglesia comenzó a experimentar un curioso trasiego de feligreses, algunos venidos incluso de pueblos vecinos para escucharle. Era el orgullo de su pueblo y allí siempre hubiese sido querido, pero sentía que su lugar estaba en otra parte. Aunque ahora comenzaba a dudar de que ese otro sitio fuera el Conservatorio de Milán. Cuando acabó la página virtuosística de Herz tocó  su pieza. Se había inspirado en una canción que recordaba haber escuchado en su infancia a un mendigo ciego que tocaba el violín. Pero las variaciones a las que sometiera el sencillo tema eran suyas por entero. Antes de que acabase de tocar, los tres miembros del jurado se habían enfrascado en una conversación sobre el último estreno de la Scala,L’elisir d’amore de Donizetti.

-Gaetano siempre con sus melodías facilonas-fue la conclusión del presidente.

-La de la “Furtiva lagrima” tenía un pase-repuso el bizco.

-Pero no pegaba ni con cola dentro de esa comedia-fue la conclusión del tercero.

Acabó de tocar. Estuvieron todavía un rato hablando hasta que se percataron de que estaba allí, de espaldas a ellos, aún sentado frente al piano. Miraron el reloj. Iba siendo hora de comer.

-¿Es que piensa quedarse todo el día ahí?-le dijeron al fin. Se levantó e hizo una respetuosa reverencia. Quiso saber si estaba admitido. Se miraron entre sí y aunque no se rieron abiertamente, sus ojos brillaban de hilaridad. El portavoz señaló los retratos que cubrían todas las paredes de la estancia.

-¿Ve esos señores de ahí?-le dijo-son los músicos que han dado nombre a esta institución. Sé que le pareceré duro por esto, pero le haré un favor: nunca estará usted entre ellos. Vuélvase a su pueblo y siga tocando en la iglesia. No hay nada de malo en eso. Dios no le ha llamado para estar aquí. O por lo menos, lo ha hecho demasiado tarde como para corregir sus vicios de principiante.

Se retiraron. Él cogió su abrigo y salió descorazonado de la estancia. Cuando iba a atravesar la puerta del conservatorio, un conserje lo detuvo. Le preguntó si era él quien tocaba aquella pieza tan animada. Quería saber qué era. Repuso que un capricho de Herz.

-Esa no-le dijo-la otra. Le admitió que era suya.

-Pues es maravillosa. Espero verle pronto por aquí-y se alejó silbando el pegadizo tema. El muchacho no se atrevió a decirle que no había sido admitido.

Sesenta y seis años después, el muchacho, que ya había dejado de serlo hacía tiempo, recibió una carta del ministerio de cultura proponiendo poner su nombre al Conservatorio. Ésta fue su respuesta:

“¿Qué tengo que ver yo con el Conservatorio de Milán? No quisieron saber nada de mí en su momento o sea que no quiero que mi nombre sea para nada asociado a él. Dejadme morir en paz”.

Firmado,

Giuseppe Verdi

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