El relato de Martín – El duelo

Haendel

Autor: Martín Llade

Texto extraído íntegramente del programa de RNE: “Sinfonía de la Mañana“, por Martín Llade. 21/10/2014

La disputa había empezado por una tontería. Como empiezan estas cosas. Una noche se representaba El infortunio de Cleopatra, compuesta por Johann, en la que él mismo interpretaba a Marco Antonio, con una gloriosa muerte en escena. Georg, que debía parte de su fortuna de recién llegado a Hamburgo al apoyo de Johann, tocaba el segundo violín dentro de la orquesta. Sin embargo, una vez comenzada la función, el director enfermó y tuvo que abandonar el clave. Georg se ofreció a sustituirlo para que la obra no tuviese que suspenderse. Y tomó de tal manera las riendas de la orquesta que hizo suya la música de Johann como arcilla que fueran modelando sus manos. El público advirtió su labor y le dispensó tantos aplausos como a Johann, quien no pudo evitar cierto resquemor.

A partir de ahí se sucedieron las rencillas. Un alumno que daba clases con Johann pasó a solicitarlas de Georg y no tardaron en encargar a este último una nueva ópera para el teatro. Un día Johann lo insultó públicamente en una taberna, delante de varios testigos y él escupió a sus pies. Cierto es que habían bebido demasiada cerveza, pero aquello era un desafío en toda regla y ninguno de los dos podía echarse atrás. No bastaba con una competición al clave para arreglarlo. Serían las espadas las que lo hicieran. Aunque los elegidos como padrinos trataron de disuadirlos, se citaron a la mañana siguiente en un paraje boscoso a las afueras de Hamburgo. Ninguno de los dos había dormido, pero en sus ojeras latía más la rabia que el sueño.

El juez del duelo dio las palmadas de rigor y se pusieron en guardia. Georg era robusto y vigoroso, todavía muy lejos del corpachón característico con el que lo iban a preservar la mayor parte de sus retratos. Johann era pequeño y ágil, y matarse todas las noches en el papel de Marco Antonio le había hecho familiarizarse con la espada, aunque la del escenario fuera de madera. Los filos volaron por los aires, jugando a besarse con sus labios de acero. Entrechocaron mil y una veces, haciendo saltar en ocasiones chispas parejas a la rabia que los dominaba. No se escuchaba más sonido en el bosque que el entrechocar de las espadas y su eco lejano en las cortezas de los robles. Sus frentes, que se hincharon mostrando en relieve las raíces de la ira, pronto rompieron a sudar. Los filos no les habían tocado aún y era de esperar que cuando lo hicieran, uno de ellos quedase tendido allí para no levantarse más. Los padrinos se miraban entre sí con desespero, sabiendo que ya era inútil toda mediación y no restaba sino un milagro. Y éste se produjo.

La espada de Johann buscó el corazón de Georg y fue a ensartarse en él con la precisión de una rueda de molino. Pero en esto, el frío de la mañana fue un aliado decisivo, porque Georg llevaba un pesado abrigo para protegerse de él. Uno de los enormes botones del abrigo detuvo la estocada y el filo de su rival se rompió, saltando el acero por los aires hasta tocar la mejilla del atacante.

Georg hubiera podido aprovechar la espada rota de Johann para matarle, pero no lo hizo. Ambos se dejaron caer sobre el suelo jadeantes. Cuando se levantaron sus cuerpos ya habían exudado toda la ira y, de repente, se encontraron riéndose, ante el aspecto de locos que les confiriera el combate. Sus padrinos pensaron que habían enloquecido.

Decidieron volver juntos en el mismo carruaje. El cochero les pasó una botella de aguardiente y bebieron de él, comentando lo estúpidos que habían sido.

-El cielo no quiere que muramos hoy-dijo Georg- ¿Qué haría la escena de Hamburgo sin volver a ver a su Marco Antonio agonizando en escena como lo haces tú de bien?

Johann Matheson asintió y tras dar un largo trago a la botella se limpió los labios y repuso sin pensarlo.

-¿Y yo? ¿Qué hubiese pasado si hubiese matado hoy a Georg Friedrich Haendel? Quién sabe de cuántas obras maestras hubiese privado al mundo.

Más sólida que la espada tan oportunamente hecha pedazos, la amistad de aquellos dos músicos no se rompería ya jamás.

2 comentarios en “El relato de Martín – El duelo

  1. Eduardo Martínez-Abarca

    Los cuentos-crónicas de Martín son perfectos. Unos nos hacen sonreír, otros nos asombran y algunos algunas veces nos hacen llorar.

    Responder

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