El relato de Martín – El limpiabotas de la Plaza de Armas

ibrahimerrer

Autor: Martín Llade – Dibujo: Javier Castiella

Texto extraído íntegramente del programa de RNE: “Sinfonía de la Mañana“, por Martín Llade. 06/02/2015

Parecía una tarde de tantas para él, con sus útiles de lustre al hombro, y un pequeño carrito en el que se anunciaba como reparador de paraguas rotos. Deambuló por la zona de costumbre, y en Plaza de Armas fue requerido por un par de turistas españoles. Cuando acabó de limpiarles los zapatos se sentó en el suelo y se puso a hacer cálculos. Si limpiaba otros doscientos pares podría ahorrar lo suficiente para reparar el viejo refrigerador soviético que tenían en casa. En esto, se encontró con un viejo amigo, que se sorprendió al verle.

-Hombre-le dijo-¿no habrás visto tú a Pío por casualidad?

¿Al Leyva? Hacía días que no. Probablemente anduviera haciendo sus asuntos.

-Pues necesitaba a Pío cuanto antes-dijo su amigo, que luego se quedó pensativo-oye Ibrahim. ¿Tú no eras cantante hace años?

Le sonrió. Cantante, estibador, pintor, reparador de paraguas, albañil, lo que hiciera falta para llevar unos pesos a casa. Pero en fin, ¿quién no era músico en Cuba?

-Verás, dos yanquis locos están grabando un disco en la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales. Y están llamando a todo el mundo.

-¿Cómo que a todo el mundo?-se extrañó Ibrahim.

-Sí…Es una historia de lo más curiosa. Iban a hacer un disco con unos africanos, pero por problema de papeles se han quedado tirados en París. Y por no irse de vacío, como tenían el estudio alquilado, se les ha ocurrido llamar a todos los viejos soneros de La Habana. Lo que quieren es algo así como rescatar lo que se hacía en el Club Social Buenavista. ¿Te acuerdas de él?

En efecto, guardaba lejanos recuerdos de aquel local, uno de tantos que fueron reconvertidos tras la revolución en restaurantes, bibliotecas y otras actividades de interés público. Su amigo le apremió:

-Vente conmigo, que les encantará que hagas algo.

-¿Pero qué dices? Tengo mucho trabajo que hacer…Y además, yo no fui una estrella. Es verdad que hace cuarenta años todo el mundo conocía mi voz, pero las discográficas nunca pusieron ni mi nombre ni mi fotografía en la portada. Yo no soy nadie. Te vas a presentar con el limpiabotas de la Plaza de Armas y harás el ridículo.

-Que no, que no-insistió el otro-están esperando con los instrumentos a que venga alguien y cante.

¿Pero qué locura era aquella? En eso recordó Ibrahim que esa mañana le había ofrendado a su santo particular una botella de ron del bueno que le regalase un turista borracho. ¿Era aquello el agradecimiento del santo? Titubeó y luego comenzó a plegar su pequeño carrito.

-Al menos deja que me duche, estoy empapado en sudor-pidió.

-Que no, que no…-y el amigo se lo llevó a rastras hasta el estudio.

Allí Ibrahim fue recibido por una dulce melodía al piano que sólo podía proceder de los dedos de marfil de su compadre Rubén González.

-¿También te llamaron a ti?

Y no sólo a él, porque aguardaban en la sala de grabación viejas caras conocidas, de veteranos como Barbarito Torres, el Guajiro Mirabal a la trompeta, Virgilio Torres o Papi Oviedo, al tres. A algunos de ellos los daba por muertos tiempo atrás. Le presentaron al yanqui loco que estaba a cargo de todo. Era un guitarrista bastante bueno llamado Ry Cooder.

-Hola-le dijo. Era lo único que sabía decir en español. Trataron de utilizar un intérprete, pero Ibrahim, un tanto aturdido por escuchar a dos tipos hablando a la vez pidió silencio.

-Díganle al americano éste que él toque lo suyo y yo cantaré lo mío, y ya nos encontraremos por el camino.

Se lo tradujeron. Cooder abrió los ojos como platos, pero asintió. Le preguntaron a Ibrahim qué quería tocar.

-¿Recuerdan aquella que empieza “Puso un baile una jutía para una gran diversión, de timbalero un ratón…”?

-¡Claro! Esa es la de “Candela, me quemo”. ¿Cómo no la vamos a recordar? Toquémosla ya.

Y la canción salió a la primera. El yanqui parecía contento. Ibrahim se alegraba de no haberse duchado porque total ya estaba más empapado en sudor que aquella noche de juma en que se cayera a las aguas del malecón. En esto, apareció un viejo amigo por allí, Francisco Repilado, el Compay Segundo.

-¿También tú?-se sorprendió Ibrahim-¿Es que me han metido en el patio del geriátrico?-los congregados allí debían sumar al menos mil años entre todos.

-Son nuestras flores, Ibrahim-le dijo mordisqueando un oloroso partagás-nos llegan tarde, pero nos las van a dar.

Ibrahim se echó a reír. Pero Compay tenía razón. Las flores llegaron con el dulce aroma de lo tardío. El disco vendió un millón de copias en Estados Unidos, ganó un Grammy, el documental realizado después fue nominado al Óscar. Y ellos cantaron en el Carnegie Hall, luego por distintas capitales de Europa y hasta actuaron en Japón. Incluso él mismo, Ibrahim Ferrer, ganaría un segundo Grammy con un disco en solitario. ¡Y todo por haberle ofrendado buen ron al santo!

Pero cuando Ibrahim salió del estudio aquel día ninguno de los presentes podía imaginar nada semejante. Al fin y al cabo, no eran más que un grupo de viejos olvidados tocando canciones de los años cincuenta.

-Aunque esto no vaya a llegar a ninguna parte, sólo por hacerme vivir aquellos buenos tiempos, muchas gracias Mister Cooder- y le dio un abrazo-Que Dios se lo pague.

Y sin embargo, pocos días después sería el propio Cooder el que tendría que pagar. Concretamente, los 25.000 dólares que se le impusieron de regreso a su país como multa por haber violado el embargo contra Cuba.

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