El relato de Martín – El vagabundo

Autor: Martín Llade – Dibujo: Javier Castiella

Texto extraído íntegramente del programa de RNE: “Sinfonía de la Mañana“, por Martín Llade. 04/03/2015

Era una agradable noche de primavera en Baden y el comisario Paul Rohmer se encontraba degustando una cena entre amigos, en el marco de la fiesta anual para las viudas de la guerra napoleónica. En esto, se presentó su subalterno Schultz, circunspecto como siempre, con un hematoma a modo de lente ahumada en torno al ojo derecho. Parecía reciente y era evidente que ennegrecería con los días.

-¿A qué viene a estas horas, Schultz?- repuso molesto Rohmer, que estaba aprovechando los postres para contar chistes picantes al alcalde, el párroco y el director del Gymnasium local.

-Un caso un tanto grave…-explicó éste- hemos detenido a un vagabundo.

Rohmer se encendió. ¿Para eso le molestaba? Que lo metieran en la celda más oscura de la comisaría y que se lo comiesen los piojos. Era una noche de primavera, de postre había tarta de manzana y le había prometido, medio en serio, medio en broma, un baile a la mujer del alcalde.

-Y además, ¿qué le ha pasado en el ojo?

-Ha sido el vagabundo, señor- explicó.

Las risitas iniciales en la mesa dieron paso a la estupefacción.

-¿Ha dejado que un pordiosero le haga eso?

-No es que me haya dejado… Es que me ha dado un cabezazo mientras se resistía. He tenido que llamar a los compañeros para meterlo entre cuatro al calabozo.

Como había damas escuchando, Rohmer se limitó a mascullar, con la sonrisa a flor de piel y los ojos inyectados en sangre.

-¿Y tiene que venir a decirme todo esto aquí? ¿Volverá luego para comentarme que ha visto una mancha en el techo?

Schultz parecía más bien azorado. Lo que iba a decir sonaría ridículo, pero lo dijo:

-Es que afirma… Ése individuo afirma ser Beethoven, señor.

¿Beethoven? Ahí sí que se rieron todos. Hasta Schultz sonrió de medio lado.

-Beethoven está en Viena- repuso secamente Rohmer -y nosotros estábamos tranquilos aquí conversando-. Es evidente que han encerrado a un loco o un borracho, que se quede ahí hasta que se le pasen las ganas de molestar.

Schultz no se movió. Toda la mesa estaba pendiente de sus movimientos.

-Verá… ese pordiosero afirma que Herr Herzog, el director de la banda local podría identificarle. En realidad, he venido a ver si estaba aquí.

Una de las damas presentes, vecina del citado, acertó a oír lo que hablaban y exclamó:

-Herzog está en la cama, no le apetecía venir. Dice que se aburre en estas fiestas.

Hubo más risas. Rohmer no dio crédito cuando Schulz propuso ir a despertarlo. ¡Hasta ahí podían llegar!

-Haríamos el ridículo más espantoso. Váyase de una vez…y si se pone tonto, palo y tente tieso- añadió  en un susurro. El agente asintió y se fue.

Media hora después Schulz volvió a aparecer y su otro ojo ¡también estaba hinchado! Rohmer, que para aquel entonces estaba contando, a petición popular, su famoso chiste de los pescadores sordos, estuvo a punto de abalanzarse sobre su subordinado. Pero el nuevo moratón lo contuvo.

-Ya no podemos más- exclamó Schultz- Müller trató de darle algo de cenar y le tiró la escudilla a la cara. Müller se agachó y me dio a mí, que me había acercado a poner paz. Hemos logrado encadenarlo a la pared, pero antes nos ha dado patadas, puñetazos… ¡Y ha mordido a Misch en el cuello! ¡Por Dios! -exclamó ya a gritos- ¡Deje de contar sus estúpidos chistes y vayamos donde Herr Herzog! Porque quiero averiguar ya si ese tipo es o no Beethoven… ¡Para saber si puedo matarlo!

Rohmer, atónito, se rascó la cabeza. Todas las miradas estaban clavadas en él. Ni siquiera con su mejor chiste, el del amante de la mujer del panadero, había atraído semejante atención hacia sí. Ni tampoco había visto de esa manera antes al aparentemente inofensivo Schultz. Se puso el sombrero y se encaminó con él a casa de Herzog. Les siguieron todos los asistentes a la fiesta por las viudas napoleónicas.

El maestro Herzog a punto estuvo de sufrir un soponcio cuando, todavía en camisa de dormir, se vio sobresaltado por un centenar de parroquianos a la puerta de su casa. Cuando escuchó el motivo por el que venían no perdió tiempo y se echó un abrigo encima. La comitiva se encaminó a la comisaría de la pequeña ciudad. Aún desde la calle se escuchaban los alaridos infrahumanos provenientes del calabozo, que se hubieran dicho los de un oso hambriento a punto de despedazar una presa. A Rohmer le hubiese gustado impedir la presencia de nadie más, pero el alcalde, el párroco y un noble local venido a menos, al que empezaban a pasársele los efluvios alcohólicos de la cena, insistieron en bajar con él a las celdas. El resto de los presentes se quedó en la calle, discutiendo animadamente sobre si el misterioso personaje sería o no el gran compositor. Incluso hasta se aceptaron apuestas.

A la luz de un candil, los guardias descubrieron a un hombre con una mata de cabellos completamente grises, enmarañados como una zarza en torno a un rostro broncíneo, de mandíbulas cuadradas, con los ojos sepultados bajo una poderosa frente. Aquella en la cual presumiblemente habían germinado la Quinta sinfonía o el Concierto Emperador. Tenía el rostro surcado de arañazos y lucía una mancha de sangre seca en torno a los labios.

-¡Es la mía!- protestó Misch mostrando la marca de sus dientes en el cuello.

-¿Y bien?- quiso saber Rohmer temiéndose lo peor. La estampa del hombre encadenado a la pared era lamentable. ¿Pero cómo podría ser aquel tipo de ropas raídas, barba de tres días y uñas amarillentas una persona importante? Como consecuencia de sus gritos se había quedado sin voz.

-Es Beethoven- confirmó Herzog con horror y luego, observó con dureza a los magullados policías: Son ustedes unos salvajes.

Al parecer, el genio se alojaba en el balneario de Baden y una tarde decidió dar un paseo por el bosque. El caso es que se perdió y como había olvidado su cartera, decidió pedir a algunos vecinos algo de comer. Debido a su aspecto y a su mirada de loco lo tomaron por un vagabundo y avisaron a la policía. Cuando ésta trató de detenerle, se defendió con uñas y dientes, hasta el punto de que hubo que llevárselo a rastras. Herzog, sin importarle el frío, le dejó su propio abrigo, quedando él en camisa de dormir y se lo llevó a su casa, para que pasara el resto de la noche en una buena cama.

-¡Salvajes!- volvió a repetir al marcharse. El alcalde, de brazos cruzados, le espetó a Rohmer:

-¡Idiota! ¡Ha arruinado usted la imagen de Baden! ¡Mira que detener a Beethoven!

Parecida impresión tuvieron los congregados, que decidieron volver a sus respectivas casas comentando con indignación el efecto que aquel lamentable suceso podría tener sobre la afluencia de visitantes al balneario. El noble venido a menos, en cambio, preguntó si alguien sabía cómo acababa el chiste de los pescadores sordos.

-¡Idiota!- le fue a decir Rohmer a su vez a Schultz una vez se hubieron marchado todos. Pero descubrió que éste también se había ido a su casa.

A partir de ese día, el comisario Paul Rohmer introdujo una nueva normativa que los policías locales debían cumplir a rajatabla si no querían ser expulsados del cuerpo. Y era que antes de detener a cualquier sospechoso de vagabundeo debía hacérsele la siguiente pregunta:

-Disculpe, ¿no será usted por casualidad un compositor famoso?

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