El relato de Martín – La misteriosa canción del norte

chinacolor

Autor: Martín Llade – Dibujo: Javier Castiella

Texto extraído íntegramente del programa de RNE: “Sinfonía de la Mañana“, por Martín Llade. 04/02/2015

“Beethoven es una suerte de polución cultural”, “Mozart es veneno para el espíritu”, “abajo el reaccionario Schubert con su melancolía y su pesimismo, evasores del realismo socialista”.

“Que florezca una flor de distinto color en el campo a nadie hará daño” dijo el gran Jardinero Mao. Lo que no se esperaba era un prado multicolor brotando de golpe bajo sus pies. “Yo sabré cómo erradicar la maleza” dijo a los estudiantes “Y vosotros me ayudaréis en esta empresa”.

Por eso, en las universidades sacaron a los catedráticos de sus despachos y les pusieron a limpiar retretes y los enfermeros en prácticas arrancaron sus uniformes a los cirujanos y les hicieron recortar con los dientes la hierba de los jardines públicos. En los conservatorios la cosa no fue mucho mejor. Quemaron los pianos. Cortaron las cuerdas de los violines. Las arpas fueron arrojadas a los ríos. Sacaron a los músicos y los pasearon por las calles con capirotes en la cabeza. “Reaccionarios” les gritaba la gente. Y les arrojaban frutas podridas. A otros los metieron en los armarios donde se guardaban los instrumentos y los tuvieron muchos meses sin salir, sin poder siquiera estirar el cuerpo para dormir o estar de pie.

Cheng Wu Lai fue uno de estos músicos. Había estudiado en París con Nadia Boulanger y alguien llegó a describirlo en su momento como el Debussy chino. En el momento en que fueron a por él estaba ultimando una preciosa sinfonía basada en la canción popular “Sobre los montes del Este la cigüeña cantó”. Los guardias rojos cogieron las partituras todavía frescas de tinta en sus últimas páginas y las arrojaron por la ventana del conservatorio. Cientos de horas de dolor y emoción planearon con la mansedumbre de la grulla al atardecer para caer mansamente en el río amarillo. La corriente las arrastró como lágrimas silenciosas y se perdieron para siempre de la vista de Cheng Wu Lai. Con él se llevaron a otros de sus compañeros y los llevaros a empujones por la ciudad, haciéndoles cantar “Florece, patria de los recolectores de sorgo”. Las humillaciones no acabaron ese día. Los destinaron a las tareas más viles, sin dejar de recordarles una y otra vez que eran gusanos, que inoculaban la ponzoña de lo extranjero. Muchos no lo soportaron y se quitaron de en medio. También la esposa de Cheng Wu Lai, que no fue capaz de sobrevivir a tal deshonor.

A él acabaron enviándole a un pueblecito de la provincia de Sichuán, a trabajar de porquero. Y así, el característico y entrañable rumrúm de los instrumentos afinándose fue sustituido por el gruñido de los cerdos. Sus compañeros de trabajo, sabedores de su situación, apenas le dirigían la palabra.

Pasaron los años, y como todo había sido destruido, sólo le quedaba la música que su memoria era capaz de atesorar. Su mayor temor era olvidarla. Por eso, una y otra vez la tarareaba en silencio, moviendo los labios sin que su garganta emitiera sonido alguno.

Una noche, el encargado de las pocilgas celebraba su cumpleaños y les invitó a beber a su salud. El ambiente se animó como en los viejos tiempos y alguien le preguntó a Cheng Wu si sabía tocar el erhu. Éste, un tanto abstraído de su habitual melancolía, afirmó que sí. Lo pusieron en sus manos y tocó varias melodías populares, que fueron recibidas con aplausos. Pero en esto, se dejó llevar por la evanescente felicidad del alcohol y entre aquellas canciones se le escapó una que no debía ser tocada. Se percató de ello cuando los ojos de sus compañeros se abrieron de par en par, con asombro. De repente, dejaron de bailar. Su encargado susurró algo al oído de uno de ellos y éste se fue para regresar con uno de los responsables culturales del pueblo. Un muchacho de diecinueve años llamado Xian Zhao, que ya había mandado a dos maestros a campos de reeducación.

-Me dicen que has tocado una música muy extraña-dijo Xian Zhao, severo, con su sempiterno cuaderno de notas en la mano-ya fuiste amonestado en el pasado por tus actividades contrarrevolucionarias. Explícate.

Cheng Wu se echó a temblar. ¿Cómo había podido ser tan estúpido? Era, ciertamente, una melodía inofensivamente bella, una de las más conocidas de la música occidental. Pero ahora se le antojaba tan peligrosa como el cañón de un rifle en su nuca. ¿Qué le harían ahora? Decidió mentir.

-Era una canción…Una canción popular del Norte. De Jilin.

-¿Lo veis?-dijo alguien-¡Es del Norte!¡Es una canción extranjera!¡A la cárcel con él!

-Silencio-dijo Xian Zhao, que pese a su fama de implacable, también era riguroso-cántanos esa canción, si es que es verdad lo que estás diciendo.

Por una extraña casualidad, tenía una letra para ella. Y es que en el Conservatorio solían jugar a poner letras a melodías casi imposibles de cantar o siquiera tararear. Y él tenía especial destreza para ello. Carraspeó y acompañándose del erhu, convirtió a la marcha turca en una sencilla historia de un muchacho y una muchacha que se aman pero por oposición de sus padres, acaban poniendo fin a sus vidas en un río, cogidos de la mano.

-¡Los padres de esos muchachos son contrarrevolucionarios!-insistió alguien en la sala.

Cheng Wu estaba empapado por completo en sudor cuando acabó de tocar. ¿Habría sonado aquella música lo suficientemente china? Ya se veía nuevamente con el capirote a la cabeza, apaleado por las calles, cuando Xian Zhao se adelantó y le dio la mano.

-Bellísima canción-le dijo-escribe la letra. Creo que quedará perfecta en el Festival de Primavera.

Y así, sorprendentemente, en el Festival de Primavera siguiente, el pueblo entero, unas quinientas personas, aplaudió y cantó aquella peculiar versión. Se encargó a Cheng Wu dirigir el enorme coro, que sonó maravillosamente bien. Y a pesar del miedo pasado, peligrosas ideas germinaban con la fuerza de las judías en su interior. ¿Qué tal quedaría con letra la Quinta sinfonía de Beethoven, o el Claro de Luna de Debussy? Las haría pasar también por canciones del norte, pero claro, tendría que buscarles hermosos poemas. Se jugaría la vida una vez más, pero en ese momento no le importaba, tal era su felicidad al haber convertido por una vez la música de un decadente occidental muerto casi dos siglos antes, llamado Wolfgang Amadeus Mozart, en la más pura expresión tradicional de la República Popular China.

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