El relato de Martín – Por la otra puerta por favor

Autor: Martín Llade – Dibujo: Javier Castiella

Texto extraído íntegramente del programa de RNE: “Sinfonía de la Mañana“, por Martín Llade. 21/01/2015

Llegaba tarde porque ningún taxi había querido pararse a recogerlos. Así que tuvieron que verse obligados a tomar un autobús, donde les indicaron amablemente que había varios asientos libres en la parte de atrás.

Con aquellos incómodos tacones, y ayudada por Bobby, que la sujetaba del brazo por si tropezaba en el pavimento empapado por la lluvia, lograron llegar al club. Ella fue a subir las escaleras, pero Bobby la retuvo:

-¿Qué haces?-le preguntó sorprendido.

-Entremos de una vez-le instó ella.

-Pero ya sabes que…

Fue inútil. Llegaban tarde. No estaba para formalismos. En la puerta principal del Club un empleado de traje y corbata se hurgaba entre las encías con un mondadientes, mientras con su otra mano jugueteaba con una goma de plástico. Fue a esconder estos objetos cuando reparó en que alguien subía. Pero su rostro empalideció al verla.

-Perdone, señorita-le dijo con una voz que sinceramente trataba de ser amable-por la puerta de servicio.

-Llegamos tarde-repuso ella sin hacer ademán de detenerse. Endureció la letanía de sus tacones, estaba ya casi en el escalón superior.

-Sí, sí-dijo el hombre-pero usted sabe.

Usted sabe, usted sabe. Estaba harta. En París se le habían abierto todas las puertas. Cientos de hombres se le declararon. Incluso hasta alguna mujer. Y le dijeron cosas en un inglés de manual escolar, tan encantadoras como infantiles: “chocolate hermoso”, “rosa de azabache”, “Venus negra”. Qué simpáticos eran los franceses y con qué cariño la habían tratado.

De su palidez inicial, el portero pasó a un consternado tono rosado en sus mejillas. Tratando de no mostrar abiertamente la contrariedad de la que comenzaba a ser presa, se desplazó unos pasos hasta el centro de la puerta, erigiéndose en un enorme obstáculo de casi dos metros.

-¿Qué hace? ¿No ha oído lo que le he dicho?

Bobby trató de sujetarla por el brazo. No era la primera vez que esto le sucedía. Años atrás fue obligada a utilizar los ascensores del servicio del Hotel Lincoln de Nueva York. ¿La razón? Varios clientes se habían quejado. Pero no fue eso lo que más le dolió, sino el hecho de que Artie Shaw no la defendiera. Tampoco pudo cenar en el restaurante del hotel, ni siquiera tomarse una copa en el bar con los demás de la banda. Por eso se pasó los días que estuvieron allí bebiendo sola en su habitación. Bebía demasiado, es cierto, pero es que siempre encontraba una razón muy sólida para ello. De hecho, había estado bebiendo antes, quizás por eso se mostrase ahora tan testaruda.

El portero continuaba impidiéndole el paso. Ella se echó sobre él, apretando el pecho contra la enorme barriga del tipo.

-¿Qué pasa?-le dijo-¿Es que quemo?

El hombre miró entonces a Bobby con la misma expresión que hubiera acompañado a un puñetazo.

-Chico-le dijo-¿qué demonios es esto? ¿Por qué no te la estás llevando de una maldita vez?

Bobby asintió nerviosamente. La asió por la cintura. Ella quiso resistirse, pero en el fondo se dejó llevar. Como siempre que una escena violenta está a punto de tener lugar, varias cabezas se asomaron por la puerta. Preguntaron al portero lo que le sucedía. Eran otros tantos tipos vestidos igual que él, del mismo tamaño y con idéntica expresión estúpida. Seguro que cada uno de ellos llevaba un mondadientes y una goma de plástico en el bolsillo.

-¿Qué pasa?-Insistieron.

-Nada-repuso-los muchachos, que me preguntaban dónde está la puerta de servicio.

Ella miró el cartel que lucía el club y se preguntó cómo era posible tal paradoja. Arriba, compitiendo con las nubes por un hueco entre las estrellas. Abajo, obligada a lo de siempre. Para ellos seguía siendo un montón de basura envuelta en un abrigo de piel. ¿Cómo no iba a beber? y otras cosas peores.

Entraron por la puerta de servicio y tuvieron que atravesar la cocina. Allí se encontró a varios hermanos, que la abrazaron y besaron. Se dejó querer, aunque ello le supiera a poco. Pidió champán del más caro. Bebió una copa, pese a la insistencia de Bobby en que todos les aguardaban ya en la sala principal. Apenas dio un sorbo, encontró aquella bebida desagradable. ¿Cómo podía ser, si en París le había encantado? Sería que en Francia le sabía todo mejor. No era de extrañar pues allí nadie le mandaba a la parte de atrás, ni de los edificios, ni de los autobuses.

-Bobby-le dijo a su pianista-dile a los chicos que quiero que empecemos con “Strange fruit”.

-Caldeando el ambiente, ¿eh?-repuso él con una sonrisa triste-de acuerdo, me parece bien.

Hizo esperar al público todavía unos minutos y después salió al escenario. La luz de los focos la deslumbró y dos lágrimas le saltaron de los ojos. No pasaba nada. Se acostumbraría en un par de minutos. Como se acostumbraba siempre. Era algo a lo que los suyos parecían estar destinados. Se situó ante el micrófono.

-Y ahora con ustedes-dijo una voz que hizo enardecer al público-recién llegada de su gira por Europa ¡la gran Billie Holliday!

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