El relato de Martín – Entre las brumas

Rachmaninov

Autor: Martín Llade – Transcripción: Phineas Theron – Dibujo: Javier Castiella

Capítulo XLII – Entre las brumas

Texto extraído íntegramente del programa de RNE: «Sinfonía de la Mañana«, por Martín Llade. 14/01/2015

-¿Dónde estamos? –preguntó el Músico.

-Dentro de su miedo –repuso una voz familiar.

-Doctor Dahl, pero… ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? –le preguntó.

-Yo no estoy ahí, sólo Usted. Es el miedo que ha levantado, como si fuese un Tipi indio. Y ahora, o no puede salir de él, o se siente demasiado cómodo dentro como para volver al Mundo. Descríbame cómo es ese miedo.

El Compositor titubeó.

-Aquí sólo hay bruma. No veo nada.

-Mírese las manos; esas sí las verá, al menos. Dígame cómo están.

-¡Tampoco las veo!

-Pues, muévalas; sienta sus dedos. Que la sangre discurra por ellos. Que respondan a cada latido de su corazón, como un pájaro en el nido que llamase a su madre. ¡Hágalo!

Lo intentó, pero ni siquiera podía sentirlos; debían estar entumecidos. En realidad, en los últimos tiempos, había dejado hasta de tocar el piano.

-No importa –repuso el Doctor Dahl–, estamos dentro de su miedo; de eso tenemos la certeza, al menos. ¿Hace frío?

-No, en realidad es incluso hasta cálido.

-¿Podría decirse que se siente a gusto?

-Pues…Eh… ¿Porqué no? Al menos nadie me hará daño aquí.

-Daño, dolor; ahí quería yo llegar. ¿Qué tal está su eccema nervioso? ¿Le sigue picando?

El Paciente meditó, y al tomar conciencia de que estaba padeciendo aquél eccema desde hacía meses, experimentó una comezón, que le devolvió a la naturaleza quebradiza de su envoltura humana. Sintió deseos de rascarse una vez más en las regiones afectadas de su piel; y al hacerlo, volvió a sentir sus enormes dedos materializándose en aquel vacío en el que se encontraba envuelto.

– ¿Para qué lo ha nombrado, Doctor? Ahora me vuelve a molestar.

-¡Perfecto! Ahí queríamos llegar. Profundicemos. Rásquese a conciencia.

-En serio. Ya sabe que me hago sangre, incluso.

-Rásquese hasta el hueso. No quiero exactamente la sangre; quiero que se abra la carne si es preciso, y extraiga de ella el dolor, su dolor.

-¡Doctor…!

Se rascó hasta que sintió un profundo ardor. Se estaba dejando en carne viva el antebrazo.

-¡Ya no puedo más! ¿De veras debo continuar?

-Continúe. El dolor es malo, cuando le permitimos hacernos daño. Es como una espada antigua de empuñadura de piedras preciosas, y filo de acero templado. Si está dentro de nuestras entrañas nos destruye, pero, si logramos sacarlo, no será si no una hermosa reliquia que podremos colgar de la pared del salón para mostrar a las visitas. ¡Sáqueselo, Sergei Vasilievich!

-No puedo. Es demasiado voluminoso como para sacarlo de un golpe. Incluso aunque mis manos sean grandes, no encuentro por dónde asirlo.

-Vamos a tomar entonces un atajo. Cambiemos de escenario. Regresemos a la Sala de Conciertos.

-No, no, no, no. ¡Eso no!

-Sí, Sergei Vasilievich. Sí. Está Usted en la Sala de Conciertos, otra vez. Tiene la batuta de Director en la mano, y observa desde el podio al Público. La Sinfonía ha terminado, y los asistentes no aplauden.

-¡Pero, si no era yo! Fue aquel idiota de Glazunov el que dirigía, y estaba borracho.

-Pero la Sinfonía es suya. Era una proyección de su Ser y de su Alma que ellos aborrecieron; y con ellos sintió que le repudiaban a Usted; por eso ya no se ve capaz de componer una nota más. Por eso no quiere saber nada de la Música desde entonces. Está en la Sala de Conciertos, Sergei Vasilievich. ¿Qué hacen?

-Me insultan, abuchean. Se levantan airados. ¡Oh, Dios! ¡Sáqueme de aquí! Por favor.

– No tan rápido. Mire, acérquese al piano que hay junto a la orquesta.

-¿De dónde ha salido? Antes no estaba aquí.

-Siéntese frente a él. Rehuya a la gente, porque la Sinfonía es la expresión suma de la Humanidad; pero el Concierto es Usted mismo; la voz sencilla de un hombre que trata de hallar su hueco entre la multitud. Pose sus dedos sobre el teclado. ¿Los siente?

-Los siento.

-Deje que todo discurra con naturalidad. Sí. Y si su dolor ha de materializarse musicalmente será hermoso, como todos los adagios; pero un Concierto tiene dos Allegros, ambos externos. La Melancolía ha de ir únicamente en el centro. Es un estado transitorio de una alegría a otra. ¿Lo escucha?

-Perfectamente, Doctor Dahl.

-Mire ahora a su alrededor; ¿qué ve?

La bruma comenzaba a disiparse. Sergei Vasilievich, ya no se encontraba dentro de la Sala de Conciertos; ni siquiera en la consulta del Doctor Dahl. Estaba en mitad del océano, en un pequeño islote apenas más grande que sus pies. Le dijo al Doctor lo que veía:

-Alce la mirada. ¿Qué se perfila en el horizonte? ¿No ve una costa rocosa; una tierra hostil a la mirada, pero muy probablemente acogedora en su interior?

–  Sí, es cierto, está ahí al fondo.

-Pues salte del islote, Sergei, y nade, no le importen las olas, ni el frío; alcance la costa. Escriba ese Concierto, y volverá a ser quien siempre ha sido. Ya tiene el dolor cogido por la empuñadura; arrójelo bien lejos para siempre de Usted. ¡Hemos vuelto, y esta vez nos quedaremos allí!

Sergei Rachmaninov, se desprendió del dolor, y lo lanzó al fondo del mar, donde se hundió sin dejar cicatrices en el agua. Comenzó a nadar con sus inmensas manos; llegaría a la costa, sí; podía hacerlo, porque, una vez más, se sentía con fuerzas para ello; y vaya que sí lo haría.

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