El relato de Martín – Un hijo del siglo XX

Autor: Martín Llade – Dibujo: Javier Castiella

Un hijo del siglo XX

Texto extraído íntegramente del programa de RNE: «Sinfonía de la Mañana«, por Martín Llade. 20/01/2015

A lo largo de su prolongada vida contó estos hechos de tantas maneras distintas que, con el tiempo, a él mismo le costaría recordar qué fue realidad y qué sueño. Que había nacido el 1 de enero de 1900 era un hecho probado, y quizás por eso siempre soñó dos cosas: primero, con morir el 31 de diciembre de 1999 y luego, ser una personalidad del siglo XX. Con apenas doce años ¿o eran quince? Tocaba ya el violín en la Sinfónica del Teatro Nacional de la Habana, ciudad a la que habían emigrado sus padres desde España cuando él contaba cuatro años de edad.

El gran Caruso fue a actuar allí y se quedó impresionado con el joven prodigio. ¿O le llamó primero la atención por su destreza para la caricatura? Le descubrió en el patio de butacas retratándole con cuerpo de ballena y destrozando cristales con un torrente de notas que le emergían del lomo. El muchacho empalideció, pero Caruso, que también era un buen caricaturista, le pidió que le regalase el dibujo. Luego le instó a tocar para él. Le interpretó La mare de deu, una canción de su tierra.

-Tú tienes talento-le dijo-te conseguiré una audición en el Carnegie Hall. Serás el nuevo Jascha Heiffetz.

Y le dio su dirección para que fuera a verle a Nueva York cuando acabase su gira latinoamericana. El muchacho se lo tomó en serio, tanto como para convencer al padre de que le comprase un billete de barco.

Cuando llegó a la ciudad de los sueños, con su violín y dos mudas dentro del estuche como único equipaje, se encontró con que Caruso se había marchado ese mismo día de gira por Europa. Preguntó cuando volvería, pero su mayordomo, pensando que no era sino un admirador impertinente, lo echó con cajas destempladas.

Había soñado con que Nueva York se rendiría a sus pies y fue él el que tuvo que agachar la cabeza para dormir en los bancos de Central Park. Por fortuna, era primavera y era joven aún. A punto estuvo de ser detenido por vagabundeo, pero logró ganarse al policía haciéndole una caricatura con una porra de dos metros en la mano.

Pero como estaba decidido a ser el nuevo Jascha Heiffetz, decidió, con Caruso o sin él, abrirse camino con su violín. Y logró un trabajo de músico en un café…de mala muerte -todo hay que decirlo- donde alternaba sus actuaciones junto a un pianista, de fregaplatos. Tocaba rumbas, mambos y habaneras, que eran recibidos por el público con la misma excitación que la cerveza rancia del local.

Un día su padre le escribió. Como él les mandó varias cartas informándoles de su supuesto éxito, habían vendido cuanto tenían en Cuba para instalarse en Nueva York con él. Aterrado, decidió conseguir al precio que fuera la audición en el Carnegie Hall. Se plantó nuevamente en casa de Caruso, donde logró ser recibido por su esposa, Dorothy. Ésta escribió al tenor, que envió un telegrama al muchacho. Por fortuna, le recordaba bien.

“Tú tienes talento. Caruso te lo dijo. Te he conseguido una audición”.

Fue y tocó en el Carnegie Hall. En su entusiasmo, había mandado al cuerno su trabajo en el café de mala muerte. La crítica lo vapuleó sin piedad. Les hubiera gustado explicarles que Caruso veía talento en él. ¿Cómo podían estar tan ciegos? Tuvo que regresar a los bancos de Central Park y a un café aún más infecto que el anterior. Pero lo peor fue informar a sus padres, recién llegados, de que no era el nuevo Heiffetz. De momento.

Pasó el tiempo. Sobrevivió tocando tangos en la Gran Manzana y publicando sus dibujos en los periódicos, se casó con una cubana de hermosa voz (sería la primera de sus cinco esposas) y, supuestamente, se fue de gira con una importante orquesta europea. Cuando contaba esto último incurría en contradicciones. Era músico sí, pero un músico ratonero. Realmente aspiraba a tocar a Beethoven y a Brahms. La cumparsita estaba bien para tomarse unas copas. Él necesitaba el alimento del alma.

Un día Caruso dio con él. Había visto una de sus caricaturas en “Los Angeles Times”. “Yo te hacía en la Filarmónica de Berlín” le dijo. Él le contó el fiasco de su estreno. “Son unos inútiles”. Caruso le prometió una nueva actuación en el Carnegie Hall, a la que acudiría en persona para apoyarle. “¿Quién sabe más de música, los críticos o Caruso?”.

Por desgracia, al poco el gran tenor enfermó y murió. La actuación tuvo que posponerse. Su padre, que había logrado rehacer la economía familiar en Nueva York, decidió vender nuevamente cuanto tenían para pagarle el alquiler del Carnegie Hall. Esa sería su gran oportunidad.

Acudió con una corbata negra, en memoria de su amigo Caruso y tocó con toda su alma. Las críticas fueron todavía más devastadoras. La tarde en que comprendió que era un solista mediocre, tanto como lo era el oído de Caruso para todo aquello que no fuera la voz humana, se dio una vuelta con el violín bajo el brazo por Queens. Estaba nuevamente sin blanca, y desprovisto de lo único que le daba fuerzas en la vida: su sueño de ser un virtuoso. En un callejón solitario se encontró con una hilera de cubos de basura que le impedían continuar su marcha. Debía ser una señal del cielo, se dijo. Abrió uno de ellos y depositó en él su violín. Todavía le quedaba su pasión por el dibujo. ¿Pero qué dibujos? La caricatura era al arte pictórico, lo que las rumbas al repertorio musical. Él sólo sabía hacer monigotes, ya fueran visuales o sonoros. Empezó a asumir que ya no sería una personalidad del siglo XX y que tampoco viviría cien años menos un día. En esto, le llegó el sonido ahogado de la música del interior de un club cercano. No era un local de mala muerte, en absoluto. Pero la interpretación sonaba infame. Se suponía que trataba de parecerse a la música cubana tan de moda por aquel entonces. Por Dios, ¿Era esa forma de tocar El manisero? Como cubano de adopción se sintió ultrajado. ¿Quién sería el inútil que dirigía aquel tinglado? Sin duda, algún despistado incapaz de distinguir el jazz sureño de los ritmos del Caribe. Le entraban ganas de presentarse allí y apartarlo a empujones para ponerse él al frente de la banda. Y bien mirado…¿Qué le impedía hacerlo?

Sacó nuevamente el violín del cubo de la basura y se encaminó hacia el club. Tal vez aquel fuera su lugar. El lugar de Xavier Cugat en el siglo XX. Respiró hondamente, y entró decidido por la puerta grande del Club.

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