El relato de Martín – Un paseo por Leiden

Mahler

Autor: Martín Llade – Transcripción: Phineas Theron – Dibujo: Javier Castiella

Capítulo XXXVII – Un paseo por Leiden

Texto extraído íntegramente del programa de RNE: «Sinfonía de la Mañana«, por Martín Llade. 05/01/2015

En alemán, la palabra “leiden” significa sufrimiento; pero es también el nombre de la ciudad holandesa, en la que el eminente Doctor se hallaba de vacaciones. Por ese motivo, le fastidiaba que aquel histérico Director de Orquesta le enviara un telegrama urgente, pidiendo una sesión con él.

-<<Estoy desesperado>> –suplicaba.

Aceptó entonces una cita, pero debían ajustar horarios. Podían verse, apenas tres horas, el veintiséis de agosto; a fin de que el Músico no tuviera que renunciar a sus compromisos.

Fue a recogerlo a la estación de tren, y le propuso que dieran una vuelta a pie por la parte antigua de la ciudad. Visto de cerca, lejos del oropel del podio de Director, el Músico destacaba por una tez rojiza, que le daba un aspecto de extrema delicadeza; como de vasija antigua recién desenterrada a punto de romperse el primer rayo de sol.

-Usted dirá –le animó a hablar.

Y el Compositor habló. Le sorprendió descubrir que no pronunciaba bien las “erres”; lo que le daba cierto aire trágicamente cómico a su discurso.

-Verá, mi esposa…

Y  le contó todo: desde la aventura de ella con el joven arquitecto, a las frecuentes discusiones; a los reproches por haberla arrinconado, como si fuera un jarrón; hasta su poco recomendable amistad con Zemlinsky, o lo mucho que dependía de sus padres; especialmente de su padre. El Doctor, tomó nota mentalmente de todos aquellos detalles, y luego preguntó “a bocajarro”:

-Hábleme de su Madre.

-¿Y qué tiene que ver mi madre con esto? –inquirió receloso el Compositor.

-¿Era una mujer alegre?

-Mi Madre, era alegre cuando había alegría.

-¿Y no siempre la había?

-No.

-Hábleme de un día en que su Madre fue infeliz por culpa de Padre.

El Músico le miró con la misma expresión que le hubiera ocasionado un desgarro interior; luego, apianando la voz, rememoró un día de su infancia en el que hubo una gran discusión; tan fuerte, que sus hermanos pequeños se pusieron a llorar; y a los gritos, les siguieron piezas de vajilla reventando contra las paredes. Y él, en lugar de defenderla, salió corriendo, y en el camino se encontró a un organillero que tocaba una canción: “Oh! Du lieber Augustin”.

No pudo evitar tararearla mientras lo recordaba. La canción, le había hecho sentirse infelizmente alegre, tristemente dichoso; como un terrón de azúcar escondido en una cucharada de aceite de ricino. Una forma perversamente deliciosa de placer, dentro del más estricto dolor; igual que el día en que llamó a la puerta del Arquitecto. Él, que se había visto como un Jesualdo furibundo, dispuesto a destrozar al amante de su mujer, se sorprendió gratamente al llamar a su puerta y encontrar a un joven de facciones agradables, y modales exquisitos.

Y no pudo evitar, ni aún en medio de los amargos reproches que le dirigió, sentir que aquel muchacho, el arquitecto Oropius, parecía idóneo para ella: culto, refinado; y, a pesar del pecado cometido, de corazón noble. Alguien de quien inmediatamente intuyó que cuidaría de Alma el día que Él faltase; y, a juzgar por el estado de su corazón, quizá no faltara mucho para ello.

Se había despedido del Arquitecto como si se tratase de un viejo amigo; tras lograr de éste, la solemne promesa de no volver a las andadas; al menos mientras Él siguiera en éste mundo. Y, tras este encuentro, no se le ocurrió otra cosa que silbar: “Oh! Du lieber Augustin”.

El Doctor encontró aquello de lo más interesante.

-¿Le parece a Usted normal todo esto? –le preguntó el Músico.

-¿Y qué pasó después? ¿Cómo fue el primer encuentro con Ella, después de haberse enfrentado a su amante?

El Compositor suspiró. Cuando se casaron, le había prohibido que Ella siguiera componiendo; no era algo que la gente fuera a ver bien. Y Ella obedeció. Decidió entonces rescatar algunas de las canciones compuestas por Alma, y se las mostró, animándole a volver a crear; a tratar de recuperar parte de aquella alegría que, de alguna manera, se quedase en el camino durante sus años de matrimonio; especialmente, tras la muerte de la pequeña María, la hija mayor de ambos.

Y Alma, había llorado de alegría al sentir que Él le devolvía una parte de su personalidad, custodiada bajo llave durante demasiado tiempo.

-Interesante. Interesante –volvió a recalcar el Médico–. Y al hacerlo, ¿no se sintió Usted un poco como su Padre?

¿Su Padre? El Músico se mostraba cada vez más abrumado. El Especialista, le brindó al fin su conclusión:

-Usted ha buscado toda la vida una mujer que, de alguna manera, fuera dependiente del dolor; exactamente igual que lo fue su Madre con respecto a su Padre, y la halló en Alma; pero, por otro lado, Alma experimentaba la misma fijación hacia su propio Padre; y por eso, sólo podía hallar la felicidad en un hombre que le recordarse a Él, esto es: Usted.

Habían recorrido todo el casco antiguo de Leiden. Si no desandaban rápidamente lo andado, Él perdería su tren de regreso. Se encaminaron a la estación.

Ambos se despidieron con un formal apretón, con la sensación certera de que no volverían a verse. Cuando el tren hubo partido, Sigmund Freud, encendió un pipa, y decidió regresar a pie hasta su hotel, muy satisfecho, pues creía que, a pesar de la rapidez del encuentro, había logrado que su paciente realizara grandes progresos.

Mientras, en el tren, Gustav Mahler, contempló por la ventanilla la silueta de la ciudad de Leiden, “sufrimiento” en alemán, siendo devorada poco a poco por el horizonte; y pensó a su vez sobre su encuentro con el eminente “Padre del Psicoanálisis”:

<<Este tipo está para que lo encierren.>>

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.