El relato de Martín – El precio de la libertad

Giorgio_Ronconi_Litho

Autor: Martín Llade – Transcripción: Phineas Theron

Capítulo I – El precio de la libertad

Texto extraído íntegramente del programa de RNE: «Sinfonía de la Mañana«, por Martín Llade. 05/11/2014

El milanés Ronconi, tenía especial predilección por la ópera de Bellini, no en vano se había dado a conocer de forma triunfal en Pavia como el “baldeburgo de la estraniera”. A partir de ese momento se convirtió en el barítono más cotizado de toda Italia, y era lógico que hubiera expectación por parte del público, por verle actuar en Génova; aunque más expectación tenía la policía de la ciudad, que le citó en comisaría pocas horas antes de la primera de las funciones, en el teatro Carlo Felichi.

–Ante todo, hay que evitar todo tipo de provocación –fue lo primero que le dijo el Comisario, que le invitó a compartir un vaso de vino con él, y añadió–: los genoveses van a la ópera a divertirse, y no a buscar problemas.

–¿Qué problemas puede ocasionar I Puritani? –le preguntó Ronconi, y añadió–: es una historia de amor, ambientada hace dos siglos en Escocia.

–Y escrita por el subversivo Walter Scott –repuso el comisario sin dejar de sonreír. Su amabilidad resultaba inquietante–. Que no olvidemos, escribió también, la no menos subversiva Rob Roy. El público no quiere saber nada de levantamientos contra la Autoridad. Quiere reírse, llorar; pero, llorar de alegría, claro esta; por lo felices que son en Génova.

–La ópera la ha escrito Vincenzo Bellini, y no es subversiva –insistió el barítono–. Además, ha pasado el visto bueno de la censura.

–Sí, si, lo que usted diga; pero, hemos ojeado profundamente el libreto, y hay ciertas inconsistencias.

Ronconi quiso saber cuáles eran. El Comisario sacó de su cajón un ejemplar del libreto garabateado con cruces rojas por muchas de sus páginas.

–La palabra “Libertad”, es una palabra incómoda –le explicó el hombre–. Los términos políticos no son aptos para la escena, y en este libreto aparece una y otra vez.

–¿Y qué quiere que haga yo? –quiso saber Ronconi–. ¿Que cuando me toque cantarla, me quede mudo? ¿Que dejemos un hueco en los versos?

El Comisario repuso que bastaba con sustituirla por otra más inocente, y de mayor grado poético. Por ejemplo: Lealtad.

–Así pues –recapituló el perplejo cantante–. Cada vez que aparezca la palabra Libertad, ¿tengo que sustituirla por Lealtad?

–Nos vamos entendiendo –repuso el Policía–. Al final va a ser un tópico eso de que los milaneses son duros de mollera.

Y así, Ronconi, bien instruido por las Autoridades, se dispuso a presentarse ante el público genovés. Cuando debía cantar el dúo “suonni la tromba” en Puritani, se vio en la tesitura de tener que obedecer la orden, pues el personaje decía textualmente: “gritando Libertad”.

Sin embargo, al ver los rostros de los presentes, que obviamente esperaban que diera lo mejor de sí, el artista pudo con el hombre, y acabó respetando el texto.

Y tal y como intuyera, el teatro se caía de los aplausos. Al fin y al cabo, ¿qué podían hacerle por una minucia semejante?

Al caer el telón, cuatro policías se echaron sobre él en el mismo escenario. Entre bambalinas, lo aguardaba el Comisario sin perder la sonrisa.

–Me temo que en calor del momento me olvidé de lo que Usted me dijo –se excusó Ronconi.

–Pues no se preocupe –dijo el Comisario sin perder la tranquilidad–, que tenemos un método estupendo para refrescarle la memoria.

La memoria y los huesos, porque lo tuvieron en una celda helada durante tres días, a base de agua y pan duro.

El único consuelo que le quedó a Ronconi, fue que los genoveses tenían ahora más interés en verle cantar,  y así, poco tiempo después fue invitado de nuevamente a la ciudad para catar el Bel Cuore, en Elixir de Amor.

El problema es que este personaje aludía también a la dichosa Libertad, concretamente cantaba el siguiente texto: “vende la Libertad, se te haces soldado”; para describir que Nemorino se alistaba en el ejército, a cambio de un dinero que le permitiera comprar el Elixir del Amor.

Ni corto, ni perezoso, y con la memoria bien refrescada, Ronconi quiso evitarse un nuevo problema, y el día de la primera función, bien obediente, sustituyó la palabra prohibida por la permitida. Y en sí cantó lo siguiente: “vende la Lealtad, si te haces soldado”.

Esto, desde luego, provocó tales  carcajadas en el público, que por poco tuvo que pararse la representación. En todo caso, Ronconi suspiró aliviado.

Sin embargo, este sentimiento duró poco, pues, apenas hubo caído el telón, fue nuevamente detenido; y es que, las Autoridades genovesas, encontraban altamente sospechoso y subversivo, aquella alusión a que la Lealtad pudiera venderse.

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