El relato de Martín – Triscaidecafobia

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Texto extraído íntegramente del programa de RNE: «Sinfonía de la Mañana«, por Martín Llade. 24/10/2014

Habían encargado al estudiante una entrevista para el periódico de la universidad, preferentemente a alguien famoso. Como no se le ocurría nadie, y además al ser julio muchos profesores estaban ausentes, alguien le sugirió el nombre del viejo Schoenberg, ya jubilado, con el que quedó en la cafetería del Campus. La verdad es que entre su fuerte acento austriaco, que convertía casi en incomprensible cuanto salía de su boca, y la terminología musical, estaba aburriéndose de forma soberana. Ojeó nuevamente los datos recopilados en la hemeroteca y, por preguntar algo más, le llamó la atención sobre un detalle.

-Mire, profesor. Usted escribió una ópera llamada “Moses und Aron”. Pero Aarón está escrita con una sola a. Eso me extraña un poco. Mi abuelo era alemán y la escribía con dos.

Schoenberg abrió mucho los ojos y luego bajó la voz:

-Yo también lo hice así al principio… Pero luego lo cambié.

Quiso saber por qué. Schoenberg le confesó, bajando aún más la voz, que era porque de la primera manera las letras sumaban un número infausto, al que no quería ni nombrar.

-¿Se refiere al trece?- le preguntó.

-Chussss- pidió silencio el profesor-ni lo mencione. Esa es la fuente de todas las desgracias del mundo. Llamémoslo mejor, 12 A.Y le explicó, evidenciando cierto nerviosismo y un inglés todavía aún más incomprensible, que toda su vida había estado evitando aquel número. Dado que había nacido en un trece, estaba marcado y debía ser más precavido que los demás. Incluso consultó astrólogos al respecto. Uno de ellos le había indicado que debía evitar los años que fueran múltiplos de trece.

-Y fíjese- le explicó al estudiante-el 39 fue el año más desgraciado de la historia del mundo. Pero yo ya estaba advertido y para aquella época había huido de Austria y de los nazis.

El estudiante, divertido, le hizo una pequeña observación.

-¡Pero menuda tontería! ¿No se da cuenta de que el trece…o doce a, o como lo llame usted, está en todas partes? Búsquelo… Mire, mire por ejemplo -y le mostró su reloj de muñeca- en este momento son exactamente, las 13 y 13 horas. ¿Está pasando algo? ¡No! Yo he venido hasta aquí en el autobús 67, que suma exactamente esa cifra…. Ah, y usted, usted mismo tiene ahora 76 años, que también da trece.

Arnold Schoenberg abrió la boca y dejó escapar un estertor. Toda la vida evitándolo y se presentaba en forma de impertinente adolescente con una ridícula chaqueta roja con las siglas de un equipo de béisbol. La entrevista acabó allí. El estudiante, un tanto azorado, trató de disculparse al principio, pero el músico se marchó de allí sin despedirse, caminando como si las suelas de sus zapatos estuvieran hechas de plomo.

-¡Pero si incluso mañana es viernes trece!- le gritó a lo lejos el muchacho- ¿no ve que eso son tonterías? ¡Estamos en el siglo XX, profesor!

Al día siguiente, Arnold Schoenberg no salió de la cama. ¿Para qué? Ni los ánimos de su esposa, ni una visita del doctor lograron arrancarle de su determinación. A las 23: 44 horas, que suman la cifra 12 A, su mujer le dijo que pasado un cuarto de hora habría esquivado la maldición. Él se limitó a responderle con un espasmo. Su corazón se detuvo sin violencia, como un reloj que hubiese acabado de dar la última vuelta de cuerda. Su destino se había cumplido al fin.

Después de todo, hubiera sido tremendamente enojoso estar huyendo toda la vida de un temor vano.

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