El relato de Martín – ¿Aquí se cena o no se cena?

liszt

Autor: Martín Llade – Dibujo: Javier Castiella

Texto extraído íntegramente del programa de RNE: “Sinfonía de la Mañana“, por Martín Llade. 09/02/2015

La por entonces aún nueva Sala Pleyel se dispuso a acoger a quien ya se empezaba a conocer como el Paganini del piano. Consciente de las posibilidades del muchacho, Camille Pleyel quiso contar con él en una serie de recitales que fueran la sensación de París. Sin embargo, ya la primera noche el propio empresario fue consciente de su precipitación. Sólo había diez personas en la sala y uno era él mismo. El joven, sentando frente al lujoso piano calentaba sus dedos en el piano, a la espera de que el público acabase de entrar de una vez. Finalmente, uno de los acomodadores meneó la cabeza, constatando que no se habían vendido más entradas.

-¡Maldición!-rugió Pleyel-¿Pero cómo es posible? ¿Dónde está esa masa que suspira por los músicos rebeldes? ¡Esto es cosa del diablo!

-No anda usted muy desencaminado-le dijo el acomodador-más bien de “Fra Diabolo”.

-¿Cómo?

-Sí, la nueva ópera de Auber. “Fra Diabolo o la hostería de Terrasini”. La estrenan a esta misma hora en la Ópera Cómica. Todo París está allí- el acomodador atemperó su entusiasmo, para no provocar la irritación de Pleyel-quizás no era la fecha más adecuada para que este señor diera su recital.

Pleyel se rascó la frente, taciturno, luego se sacó el reloj del bolsillo y lo miró.

-¡Se estrenaba hoy!¡Valiente patán estoy hecho, que ni me di cuenta!-luego miró al escenario-Liszt…¿Te importa empezar? Estos señores han pagado por escucharte…En cuanto a mí-Pleyel se levantó- creo que si tomo un carruaje llegaré al segundo acto.

-¿Segundo acto?-inquirió sorprendido el pianista desde el escenario.

-Sí, a la cosa esa, como se llame…

-“Fra Diabolo o la hostería de Terrasini”, de Auber-puntualizó el acomodador.

-Pues eso-Pleyel se embutió en su abrigo- si todo París está allí, está claro que no puedo faltar. Suerte.

Y el empresario se marchó. Liszt suspiró. Luego se pasó la mano por su mata de cabellos, que le caía salvajemente sobre los hombros y empezó a tocar. Fueron dos horas de temperamento, rabia, pasión, desesperación, delirio y gloria. Cuando acabó, sus nueve espectadores aplaudían con la misma intensidad que lo hubiese hecho el auditorio completo de la Ópera Cómica. Liszt se inclinó y recibió estoicamente los aplausos. Luego les preguntó la hora que era. Meditó.

-Yo iba a irme a cenar, porque la verdad es que tengo un hambre de lobo. ¡Qué diablos! ¿Por qué no me acompañan?

Y se los llevó consigo al Café Procope. Y allá donde se reunieron en tiempos los enciclopedistas y después el Club de los Cordeliers, departió alegremente aquel revolucionario musical con sus contados entusiastas. La cuenta corrió de su bolsillo.

Al día siguiente la noticia de que el Paganini del piano había invitado a cenar a todo el público asistente a su recital se extendió como la pólvora, aunque Liszt, que se levantó tarde, no se enteró hasta el mediodía. Fue Pleyel quien le despertó, aporreando la puerta de su casa.

-¿Todavía entre las sábanas?¡Despierta, truhán, que traigo buenas noticias!

Él ya daba por cancelada la segunda actuación, ante el fracaso del estreno, pero el empresario le comunicó que todas las entradas se habían vendido esa misma mañana.

-Y todavía me siguen viniendo a docenas preguntando dónde pueden conseguir una. Confieso que anoche te daba por acabado, pero mira…¡Qué vueltas da la vida!

El músico sonrió. No hubiera esperado un giro así de los acontecimientos, aunque de alguna manera intuyese qué podía haberlos puesto a su favor de aquella manera.

Llegó a la sala esa tarde y tuvo que insistirles a los porteros que era el intérprete, pues no eran pocos los que, deseosos de verle, trataban de colarse. Liszt se tomó todo su tiempo para sentarse frente al piano, calentar, hacer crujir sus nudillos y buscar la inspiración entre la mata de mechones que coronaba sus sienes con la presteza de un general romano. Dejó que sus manos se hicieran de la misma sustancia que el marfil del teclado y la música brotó de su ser igual que un manantial al deshielo de la primavera. Los presentes estaban exultantes. Hubo hasta quien sangró de las manos de los aplausos. Y sin embargo, el joven intuía que el milagro se había obrado sólo en parte. Lo ovacionaron hasta arrancarle media docena de piezas fuera de programa. Pero a la sexta, porción en suma del número de la bestia, se levantó decidido y colocó la tapa sobre el teclado con manifiesta intención de retirarse de forma definitiva del escenario. Los aplausos se disiparon, dando paso a un silencio estupefacto. ¿De veras iba a irse? Alguien del público le gritó entonces lo que todos ardían en deseo de manifestar:

-¡Maestro!¿Y qué pasa con la cena?

Liszt se rascó la cabeza y sonrió.

-La cena…

-¡Sí!¿Es que no nos la hemos ganado nosotros también?

La respuesta ya la tenía estudiada a conciencia:

-Queridos señores. Habida cuenta de que ya saciaron ustedes sus ansias más terrenas ayer en “La hostería de Terrasini”, y que por tanto venían a este recital con esa necesidad ya cubierta, yo les he procurado lo que más ansiaban ahora, esto es, alimento espiritual. Dense por satisfechos con él, que no lo hallarán tan contundente como el ahora aquí degustado.

Estupor. Otra voz:

-Pero entonces, ¿aquí se cena o no se cena?

-Se cena-replicó el intérprete- cada uno en su casa, lo que haya dispuesto para él el Señor.

La respuesta fue un rugido indignado de la turba.

-¡Aporreador de pianos!¡Musicucho de pacotilla!-le gritaron al par que arrojaban los cojines de los asientos sobre el escenario.

Liszt, que ya había previsto esto, se escabulló hasta la puerta trasera del teatro, donde ya tenía esperándole un carruaje dispuesto a salir al galope. Por poco no escapó del linchamiento. Y una vez se hubo sentido lejos de sus perseguidores, dio ruidosamente rienda suelta a la risa que llevaba pugnando por estallarle en los pulmones desde el comienzo del recital. Afuera, en el pescante, el cochero empuñó con precaución su látigo, temiendo haber cometido el error de haber dejado subir a su coche a un loco peligroso.

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