El relato de Martín – Un solo de contrabajo

auswitchtz

Autor: Martín Llade – Dibujo: Javier Castiella

Texto extraído íntegramente del programa de RNE: “Sinfonía de la Mañana“, por Martín Llade. 28/01/2015

No hizo falta ni un minuto para darse cuenta de aquel hombre jamás había tocado un contrabajo. Las estridencias brotaron como una descarga eléctrica apenas hubo posado las crines del arco sobre las cuerdas. Adam Kopycinski lo cogió por los hombros.

-¡Tú no eres contrabajista!¿Qué demonios eres?

El tipo, polaco como él, le confesó que había tocado el violín en la orquesta de la parroquia de su pueblo. Les había engañado. Ellos necesitaban desesperadamente a un contrabajista tras la repentina baja del húngaro que ocupaba este puesto y el hombre se ofreció sin dudarlo. Con su cuerpo ya escuchimizado por naturaleza parecía un mosquito junto a una ballena al lado del instrumento. Pero todo fuera. Le aceptaron por la convicción que mostró. No había tiempo más que para un pequeño ensayo y ahora descubrían con espanto que estaban vendidos.

-No ha de ser tan difícil-insistía el tipo-es el mismo concepto. Si me dejáis un rato yo…

-Queda media hora para el concierto-repuso Kopycinski-tendré que hablar con ellos y decirles que no vales.

-¡No, no hagáis eso!-repuso el hombre echándose a temblar -estaré perdido si se enteran…

¿Y a ellos qué? Sólo deseaban cumplir con su trabajo y aquel idiota lo iba a estropear, vaya que sí. Los demás estaban de acuerdo con Kopycinski. Pero cuando éste ya iba a dar parte de la nueva baja reparó en la columna de humo blanco que partía en dos el horizonte. Quedaban un par de horas para que atardeciera. Lo meditó y luego se volvió a sus músicos.

-Está bien. Lo cubriremos. Tú-le dijo al contrabajista- ponte en un rincón y trata de tocar un par de acordes en ostinato, algo que apenas se escuche, que no desentone con nada de lo que interpretemos. Y no mires al frente. Se te notará. ¿Has entendido?

El hombre asintió, nervioso.

-Ahora bien-añadió el director-después de este concierto, te largas de aquí y te buscas la vida.

Apenas un rato después se encontraron al aire libre frente a un público lleno de caras conocidas. Estaban Robert Mulka, el director administrativo Möckel y hasta el responsable de la oficina principal del lugar, Romeikat. Y entre ellos el inefable doctor de la sonrisa partida. Tan risueño como siempre. Empezaron a tocar. Al principio no fue mal. De cuando en cuando se dejaba sentir un gruñido sordo proveniente del contrabajo, que el falso intérprete trataba de amagar. Los demás entonces hacían cantar aún más alto a sus instrumentos. Tocaron swing, Beethoven y Brahms. Un oído no educado apenas se hubiese dado cuenta de que el contrabajista no estaba haciendo realmente nada. Pero he aquí que el susodicho doctor era un conocido melómano. En un momento determinado susurró algo al oído de Mulka, que hizo parar a la orquesta y dijo:

-Nuestro ilustre médico quiere escuchar ahora el tema de La trucha de Schubert y sus variaciones.

¡La trucha!¡Pero si era un tema a cargo del contrabajo! La farsa estaba al descubierto. El pretendido intérprete, al ver que todos los ojos se posaban en él, cerró los suyos y trató de que se obrase un milagro. Comenzó a tocar con intensidad la melodía, que al parecer conocía bien, pero lo único que obtuvo fue un sonido tan espantoso como el de una matanza de cerdos en el marco de una fiesta popular. Los músicos comenzaron a mover sus labios en silencio. Rezaban.

-¿Quién ha pedido que suene Stravinski?-bromeó alguien del público. El pobre hombre arrojó el contrabajo al suelo y se puso en pie. Y de repente, hizo algo que nadie esperaba. Comenzó a cantar la canción de La trucha, aquella en la que se basaba precisamente el quinteto del mismo nombre. Los concurrentes se miraron entre sí, primero perplejos, pero luego alguien empezó a seguir el ritmo aplaudiendo y la interpretación acabó con una inesperada ovación. Hasta Mulka parecía complacido y susurró algo a Romeikat, que se levantó a estrechar su mano al contrabajista.

-La interpretación más sentida que hemos escuchado nunca-le dijo.

-Gracias-musitó el hombre-gracias herr…

No acabó, porque Romeikat sacó su luger y le descerrajó un tiro la frente. El hombre cayó de rodillas y luego su cuerpo se flexionó hacia adelante, como una marioneta a la que cortaran las cuerdas. Salpicones de su sangre perlaron las mejillas y las partituras de los dos violinistas que le flanqueaban. El selecto público estalló en carcajadas.

-¡A eso le llamo yo afinar la orquesta!-dijo uno de ellos.

Los músicos se quedaron paralizados. Las risas se interrumpieron cuando el Hauptsturmführer Mulka hizo oír su voz:

-¿Por qué paráis?¿Es que se ha acabado ya el concierto?

Estaban tan aterrados que sus miembros no respondían. Ya se veían también desparramados por el suelo, unidos sus cuerpos por un común charco de sangre, cuando Kopycinski, haciendo gala de una extraordinaria frialdad, arrancó a tocar algo al piano en solitario. Era el Estudio Revolucionario de Chopin. La pieza había sido prohibida en la Polonia ocupada por ser considerada subversiva, y los otros músicos pensaron que el maestro había acabado su tumba. Pero la fogosidad de su interpretación impresionó hasta al propio comandante, que aplaudió suavemente.

-Vosotros los polacos no sabéis tocar más que a ese Chopin-dijo-es bonito, pero poco viril.

-En realidad-puntualizó el doctor Mengele-Chopin era alemán.

-¿Y eso?-exclamó Mulka.

-Su padre en realidad se llamaba Schopenhauer, pero los polacos, incapaces de pronunciarlo bien, acortaron su apellido. Y la madre no era la que se dice, sino una campesina de origen alemán.

Se levantaron y se fueron. Había fiesta en la casita del comandante Bauer. La orquesta se quedó todavía un rato inmóvil, en torno al cadáver de su compañero. Estaban acostumbrados a ver ese tipo de escenas, pero era la primera vez que les sucedía en plena actuación. Ya ni eso era un escudo. Al verlos así, Kopycinski recuperó su papel de director y les ordenó levantarse y regresar a los barracones.

-Vamos, muchachos-les dijo-mañana será otro día.

Y en efecto sería otro día. El septuagésimo que quedase para la liberación del campo de exterminio de Auschwitz.

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