El cuento de Edu :: El flautista de Hamelin

 

EL FLAUTISTA DE HAMELIN

Acordaos de cómo era el flautista de Hamelín. Era un tipo con una flauta se lleva a las ratas de un pueblo. A ver, a ver… Eso no se lo cree nadie. No, verás, es que era una flauta mágica. ¡Ya, claro, como la de Mozart!

Bien, pues hoy os vamos a contar el auténtico cuento del flautista de Hamelín. Vamos allá. Por favor, música en plan “Érase una vez”… Gracias.

Érase una vez hace mucho tiempo un flautista que iba de pueblo en pueblo tocando música para ganarse la vida.

El flautista se llamaba Hans Kischkernweitspucke y claro, con ese nombre todo el mundo le llamaba flautista o Hans a secas. Hans Kischkernweitspucke no era de Hamelín ni mucho menos. Había llegado a la ciudad huyendo de otro pueblo donde había tenido unos problemillas que no es el momento de comentar. Es que Kischkernweitspucke era buen músico pero tenía mucha facilidad para meterse en líos: chicas, dinero, chicas, dinero…

Kischkern… Hans había llegado al mesón de Hamelín con más hambre que vergüenza (de la primera tenía mucha y de la segunda poca) y calculaba si tendría suficiente para pagar la sopa y las salchichas que le habían servido. En su vida de artista había pasado muchas veces por apuros como aquel. La puerta estaba lejos, el mesonero parecía ágil y él llevaba una pesada bolsa con sus instrumentos. No podía huir corriendo.

-“Bueno -pensó-. Hablemos”.

-¡Mesonero! -llamó Hans.

-Sí, ¿Qué quería el señor?

-Lo cierto es que no quisiera ofenderos, pero he visto agua de fregar con pinta más sabrosa que esta sopa y en cuanto a las salchichas…

Para sorpresa del flautista, el mesonero agitó tristemente la cabeza.

-Tenéis razón, señor. Andamos muy escasos de comida. Tenemos una plaga de ratas que saquea almacenes y despensas.

-Vaya, últimamente solo encuentro gente gruñona y ratas -murmuró Hans.

-Si sabéis cómo arreglar esta situación el pueblo entero lo agradecería… y el alcalde ha prometido una gran recompensa.

¿Arreglar aquello? Hans no tenía ni idea, claro, pero… ¿no decían que la música amansaba a las fieras? A lo mejor… No perdía nada con probar. Al fin y al cabo del último pueblo había salido por pies con todos los habitantes corriendo detrás.

-¿Cuánto os debo? -preguntó-. ¿Quizá pudiera pagar con una bonita canción?

El mesonero se encogió de hombros.

-Da igual. Mañana tendré que cerrar el negocio.

Hans salió de allí pensando en los mesoneros que hacían sopas horribles y no les gustaba la música. Se dirigió al ayuntamiento para ver al alcalde.

El alcalde era un tipo gordote al que la ropa le venía grande, lo que significaba que había sido mucho más gordo. Miró al flautista como si quisiera meterlo en una cazuela con verduras para zampárselo.

-Señor alcalde, he oído que tenéis un problema con las ratas. Yo, Hans Kischkernweitspucke puedo solucionarlo. Soy músico y no hay boda, fiesta o celebración que yo no haya alegrado. Soy el perejil de todas las salsas.

-¿Salsa, decís? -preguntó el alcalde relamiéndose.

-Sí, bueno. Mi música es tan maravillosa que no es raro que todo el mundo vaya detrás de mí.

Lo que no dijo Hans es que la gente le seguía con palos y había tenido que esquivar más de un zapato viejo arrojado a su cabeza.

-¿Y cómo realizaríais ese milagro si se puede saber? -preguntó el alcalde.

-Mis instrumentos musicales están dotados de una rara cualidad y en consonancia…

El alcalde puso cara de no entender.

-¿Cómo… cómo decís?

Hans abrió su bolsa y sacó una flauta.

-Mirad, esto es una flauta dulce que…

-¡¿Dulce?! -el alcalde le arrebató la flauta y empezó a chupetearla como si fuera un caramelo-. ¡Aagh! ¡Sabe a madera!

-¡Claro que sabe a madera, es de madera! – asombrado, Hans sacó otro instrumento hecho de muchas cañas unidas-. Y esto es una flauta de Pan y…

-¡Pan! -y el alcalde le dio un mordisco que por poco se lleva un dedo de Hans -. ¡Ayyy! ¡Mis dientes!

-Señor alcalde, no es de pan, se llama así. Os aseguro que ninguna de mis flautas se puede comer.

-Ya, ya me voy dando cuenta. En fin, arreglad nuestro problema y la recompensa será generosa.

Hans salió a la calle y se puso en medio de la plaza.

-“Y ahora era el momento de saber si suena la flauta por casualidad” -pensó Hans.

Sacó su mejor flauta y se puso a tocar.

Al principio nada pasó, pero al cabo de unos minutos un montón ratas asomaron el hocico por una esquina. Hans estaba asombrado. Las ratas empezaron a llevar el compás con el rabo y a seguir la alegre música con las patas. ¡Estaba funcionando! Hans nunca había tenido tanto público y tan bueno. De pronto apareció una enorme rata gris que parecía muy enfadada, empezó a dar empujones a las ratas y todas salieron corriendo. Hans estaba furioso. Casi lo había conseguido. ¿Qué pasaba con aquellas ratas?

Los bichos se metieron por un callejón. Muy despacito el flautista las siguió por una escalera que bajaba a un enorme sótano. Allí había cientos y cientos de ratas. Y lo más raro es que un grupo de ellas que estaba justo enfrente de Hans tenía todo tipo de instrumentos musicales de su tamaño.

(Una cosa, a ver… el que esté pensando que esto no hay quien se lo crea, que se acuerde de Caperucita y el lobo y también de Blancanieves, que limpiaba y cocinaba gratis para los enanitos y los muy tacaños, que trabajaban en una mina de diamantes,  ni un detalle tuvieron con ella)

Seguimos…

El flautista estaba asombrado.

-¡Ratas melómanas!

Hans no estaba insultando a las ratas. Melómano significa que les gustaba mucho la música.

Ahí estaban con sus instrumentos musicales: pequeños violines, trompetas, flautas, tambores,… Hans no podía creer lo que estaba viendo cuando en ese instante las ratas se pusieron a afinar los instrumentos…

Lo de afinar es una cosa que hacen los músicos y que parece que se hayan vuelto majaretas.

Un momento después apareció la rata gris, se inclinó ante las demás, cogió un palito que se llama batuta, lo movió como si fuera un mago y la orquesta de ratas se puso a tocar.

Hans tuvo que reconocer que eran muy buenas. Y entonces tuvo una idea genial. Salió de su rincón y le hizo gestos a la rata gris que significaban algo así como. “¡Jo, que chuli, ¿puedo tocar con vosotras, por fi?”

La rata gris le miró, se acarició los bigotes y finalmente le hizo una señal para que se acercara. Hans se sentó en el suelo junto al resto de la orquesta.

Entonces el flautista sacó un pequeño instrumento y se lo levó a la boca. Hans lo llamaba arpa de boca pero sonaba como dar saltos en un colchón viejo. Al principio los “ploing, ploing” iban con la música pero después, Hans, tocaba sin ton ni son. Las ratas músicos le miraban y la rata directora parecía a puntito de explotar. Para colmo, Hans, gritaba “¡yujuuu!” cada dos por tres.

La rata directora estaba furiosa, amenazaba a Hans con la batuta pero él tocaba cada vez peor. Al final todas las ratas se hicieron un lío y la música se convirtió en un ruido infernal.

 Todas las ratas salieron corriendo por las calles con Hans persiguiéndolas tocando aquel trasto como si estuviera loco.  Al cabo de un minuto no quedaba una rata en el pueblo.

Bueno, ya sabéis lo que viene ahora ¿no? Que el flautista se lleva a los niños fuera del pueblo cuando no le quisieron pagar. Pues no. Hans era un caradura pero no un malvado. Nada de llevarse a los niños.

Lo que hizo fue ir al río y cortar un montón de cañas con las que hizo un montón de flautas. Luego regaló una a cada niño del pueblo y les enseñó una única canción. Solo una.

En las casas, en las calles, por la mañana, por la tarde… Durante tres días no se oyó otra cosa en el pueblo.

Al final el alcalde, desesperado, mandó llamar a Hans.

-Arreglad esto, por favor. Preferimos las ratas. Lo que sea pero acabad con esta tortura.

-Muy bien. Me pagaréis lo que me debéis. Además abriré una escuela de música para que yo dé clase a los niños. En un sitio aislado, no temáis. Mi sueldo podemos discutirlo ahora…

-¡Pero eso es un abuso y…!

Hans abrió la ventana y por ella se coló la canción.

-Está bien acepto. Acepto todo.

Y así fue como Hans Kischkernweitspucke se convirtió en el flautista oficial de Hamelin.

¿Y qué pasó con las ratas? Cuentan que muchas viajaron lejos y acabaron en ciudades como Venecia, Salzburgo y Bonn y que sus bisnietas y tataranietas acabaron como animales de compañía de gente como Vivaldi, Mozart y Beethoven, lo que explicaría muchas cosas.

Y así acaba el Flautista de Hamelín. De verdad de la buena que así ocurrieron las cosas y si miento, que vengan las ratas y se coman el desayuno de Martín Llade.

 

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