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El cuento de Edu :: Caperucita roja

 

CAPERUCITA ROJA

Érase una vez hace mucho tiempo una chica con muy mala suerte. ¿Y por qué tenía mala suerte? Porque su abuela le había regalado una capa con caperuza roja y entonces todo el mundo la llamaba Caperucita Roja. En inglés era peor porque la llamaban Little Red Riding Hood.

Todos conocemos el cuento ¿verdad? Y claro, Caperucita no queda muy bien porque no sabe distinguir a su abuela de un lobo, cosa que sabemos hacer casi todos. Además es que el rojo es fatal para combinar con otros colores.

Y no acaba aquí la cosa. Es muy injusto lo que ocurre a Caperucita Roja. Nadie compone óperas o ballets para ella. La Cenicienta, la Bella Durmiente, Cascanueces y hasta Pedro y el lobo. ¡Pedro! Encima que es un mentiroso y no es ni la mitad de valiente que Caperucita. Todo el mundo tiene cosas muy famosas y muy conocidas. Mientras tanto Caperucita solo tiene un triste estudio para piano. Este que está sonando.

Pues que sepáis que vamos a elegir la música más chula para ella, hale. Es más, vamos a usar música de la Bella Durmiente, del Cascanueces y todos esos enchufados.

En fin, la cosa es que la abuela estaba enferma y vivía en un bosque lleno de lobos. Bien, parece que la abuela no era muy espabilada. Eso sí, todas las versiones coinciden en que sí, que estaba pocha.

Entonces la madre le manda con una cesta con la merienda. Vamos, vamos a ver… ¿manda a su hija a través de un bosque lleno de lobos? ¿En serio? No, pero es que le avisa de que no se salga del camino y tenga cuidado con los lobos. Aaah, menos mal, qué cuidadosa.  De verdad, esta madre está peor todavía que la abuela.

Otra cosa, ¿qué llevaba Caperucita en la cestita?  He buscado montones de cuentos de Caperucita para saberlo y aquí ya es el desmadre. Uno dice que un pastel y una botella de vino. ¡Hale, a una abuela enferma! Otros que pasteles recién horneados, pan y mantequilla. Ahí,  cuidando la salud. Otro que pan, chocolate, azúcar, dulces o  bizcochos, vino dulce, miel, más dulces,… ¿De verdad que esta es la dieta que necesita la pobre abuela? Sólo hay alguno que dice que sí, que fruta. En serio, ¿no se puede poner la gente de acuerdo con el menú? Blancanieves no lo tuvo tan difícil. ¿Enanos? Siete. ¿Fruta envenenada? Una manzana. Y ya está. Nadie habla de peras, chirimoyas o aguacates y menos pasteles y dulces. No señor. El veneno iba en una manzana que es una fruta muy sana. Todo el mundo de acuerdo.

El caso es que la pobre Caperucita salió con su cesta camino de la casa de su abuela. Y claro, como todo el mundo sabe, se encuentra con el lobo. La gente se empeña en que el lobo engaña a Caperucita y le sonsaca dónde va y dónde vive la abuelita. Pues no. El lobo sabe de sobra dónde vive la abuelita. Tooodos los lobos de la comarca saben que hay una chiflada que vive sola en el bosque. ¿Cómo fue la cosa de verdad? Así…

El lobo estaba sentado a la sombra cuando vio venir a lo lejos a Caperucita. Tenía que prepararse. Se puso de pie, se alisó la ropa, carraspeó y se puso a cantar.

Caperucita escuchó muy educada al lobo. Cuando este terminó no sabía muy bien qué decir.

-Ah, pues muy bonito y eso… Me voy porque mi madre no me deja hablar con extraños.

-Yo no soy un extraño. Soy un lobo.

-Todo el mundo sabe que los lobos no hablan y tú hablas.

-Por tanto no seré un lobo.

-Entonces eres un extraño y me han prohibido hablar con extraños. Adiós.

-Si tienes un minuto te querría yo comentar una cosa…

-Adiós.

-¡Oye! ¿Qué llevas en la cestita?

-Que no, hombre, que no pico. Vete a tomarle el pelo a los tres cerditos.

Y Caperucita se alejó muy digna y altanera. Esto viene a ser como medio enfadada medio chulita.

El lobo corrió por otro camino para adelantarse a Caperucita.

Estaba furioso. No es que no hubiera convencido a Caperucita es que ni siquiera le había escuchado. Pues lo iba a conseguir de una forma o de otra. Por aquel atajo llegaría a casa de la abuelita antes y entonces llevaría a cabo su plan.

Mientras tanto Caperucita seguía su camino muy contenta porque aquel lobo cantarín no le había engañado. La cosa había resultado más fácil de lo que pensaba así que tampoco se dio mucha prisa. Caperucita no habló con ningún extraño, no. Pero se paró a mirar todas las flores, a beber en una fuente, a leer un rato un libro que llevaba, ensayó un baile  y todo lo que se le ocurrió.

Lo cierto es que el lobo se podía haber ahorrado el sofocón de la carrera porque llegó con tanto tiempo que se aburrió de esperar a la chica. Ya sabéis lo que viene ahora ¿no? Se puso un camisón y un gorro de la abuelita y se metió en la cama esperando la llegada de Caperucita…

Finalmente Caperucita llegó y abrió la puerta. Al momento se dio cuenta que quien le esperaba en la cama no era su abuelita, estaba clarísimo. Aquel gorro le sentaba fatal. También tuvo algo que ver que asomaba la cola negra y peluda por un lado de la cama. Era el lobo cantarín y charlatán. ¿Qué podía hacer? Lo importante es que el lobo no supiera que le había reconocido. Había que darle conversación normalita, que no notara nada raro…

-Mmmm… Abuelita, qué ojos más grandes tienes… -al momento Caperucita se dio cuenta que por ese camino la cosa iba fatal.

-Para verte mejor -improvisó el lobo.

-Qué orejas más grandes tienes.

-Para oírte mejor.

-Qué… codos más grandes tienes.

-Pffff… Para apoyarme mejor.

-Qué… bigotes más grandes tienes.

-Hmmm… Para depilarme mejor

A Caperucita ya no se le ocurrían más cosas y sabía que no podía pronunciar la palabra fatídica: “dientes”.  El lobo se estaba poniendo muy nervioso.

-Vamos, rica, ¿qué opinas de mis dientes?

-Pues opino que como los dientes de la abuela están en ese vaso de agua en la mesilla tú no eres mi abuela.

El lobo saltó de la cama pero se hizo un lío con las sábanas, la manta y el camisón y acabó en el suelo. Caperucita aprovechó y rápida como el rayo le ató la manta alrededor y lo inmovilizó.

-Y ahora mismo vas a vomitar a mi abuela.

-¡Pero si no me la ha comido! ¿Qué tipo de salvaje te crees que soy? Está encerrada en el armario.

Y mientras Caperucita rescataba a su abuela, el lobo se lamentaba.

-¿Y todo esto para comerme? ¡Te parecerá bonito! Porque reconoce que querías comerme. Por eso querías que dijera dientes. Para comerme mejor.

-Noooo. Lo de los dientes es para frasear mejor.

-¿Frasear mejor?

-¡Claro! A mí lo que me gusta es cantar. Pero nadie me escucha. Todo el mundo sale corriendo “¡El lobo, el lobo!”. Bueno, tu abuela sí, pero tiene unos gustos…  Sólo le gusta la copla ¡la copla! Pues pensaba pedirte que me escucharas y convencieras a tu abuela. Ya sabes, poder cantar a Puccini, Rossini, Verdi,…

-Ya, ya, Spaghetti, Ravioli, Panetone… Es que a mí la ópera pichís pichás.

-Vamos, ¿qué te cuesta? Si es muy chula. Verás como te acaba gustando. Insisto. Y además traigo esta cesta con una merienda mucho mejor que la tuya.

Caperucita miró la cesta y, aunque quería mucho a su madre, reconoció que la merienda del lobo era mucho mejor y más sana con sus ensaladas, pollo adobado a la plancha, pan integral y zumos de frutas.

-Bueno, vale. Pero de vez en cuando nos cantas otras cosas: boleros y eso. En plan moderno.

El lobo se sentó ante el piano y empezó a cantar.

Y allí se quedaron la abuela y Caperucita merendando tan ricamente mientras el lobo cantaba un aria tras otra.

Y el lobo fue feliz y comió perdiz que estaba mucho más rica que la abuela, donde va a parar.