El cuento de Edu :: El árbol de la música

EL ÁRBOL DE LA MÚSICA

 

Érase una vez hace mucho tiempo que no había ni radio ni discos. La gente solo podía oír música yendo a donde tocaran o si eras músico, claro.

¿Y toda la gente que no podía ir o no tenía dinero o vivía muy lejos?

En un pueblo habían descubierto una solución mágica. Bueno, en realidad ellos no, lo había descubierto el viejecito que vivía en la colina de allá a lo lejos.

-Abuelo -le dijo su nieto de ocho años-. ¿Por qué la gente viene los sábados a oír al árbol?

El viejo sonrió y miró a su nieto.

-Porque les gusta mucho la música.

-¿Y por qué el árbol tiene música?

-Esa es una buena pregunta. Imagínate una habitación enorme llena de gente y donde unos músicos tocan. La gente oye la música y se queda con ella ¿entiendes?

-Bueno…

-Es complicado. Pero no toda la música se la queda la gente… o a veces no hay tanta gente… o los músicos no tocan para la gente si no por el gusto de hacer música. Y la música se eleva por el aire y sale por las ventanas. El caso es que el viento la coge y la hace volar de aquí para allá.

-¿En serio?

-Claro. Nuestro árbol la atrapa con las ramas y se la guarda. Y cuando nosotros vamos y agitamos esa rama o la otra, el árbol la devuelve. Es por eso que la gente viene a oírla. O a lo mejor es al revés, el árbol coge la música porque sabe que nos gusta. Es complicado.

-Sí, abuelo. Lo es.

-Pues tienes que entenderlo porque ya eres mayor y me tienes que ayudar. El hijo de la molinera es buen chico pero cuando sube al árbol a veces no tiene cuidado y agita la rama que no es. Estoy seguro que tú puedes hacerlo mucho mejor.

Y así fue como el chico empezó a ayudar a su abuelo con la música del árbol. Las tardes de verano se sentaban a su sombra y el viejo le señalaba cada rama del enorme árbol de corteza oscura y áspera. Cien ramas se levantaban hacia el viento. Cada rama era una promesa de alegría o tristeza, de músicas grandes y pequeñas.

-Mira aquella. Es una rama fina y con las hojas más pequeñas.

-¿Qué música puede tener, abuelo?

-Una música no muy grande, diría yo. Suave. Verás… Sube y mueve la rama. Despacito. Si lo haces muy fuerte espantarás a la música y sonará un churro. Y ten cuidado o tu madre me matará.

Y el niño trepó por el árbol y con mucho cuidado movió la ramita.

 

Entonces bajó del árbol y juntos, abuelo y nieto, escucharon la música que descendía entre las ramas, se desenroscaba del tronco y daba vueltas alrededor de ellos.

Al niño le dieron ganas de levantar la mano para tocarla pero sabía que no podía.

Finalmente la música y la tarde se dieron la mano y se alejaron persiguiendo al sol que se perdía entre las montañas.

El niño casi no se atrevía a respirar.

-¿Hay que aplaudir, abuelo? -dijo en un susurro-. La gente cuando viene aplaude.

-Los aplausos son cosa de la gente, no de nuestro árbol.

Y así fue cómo el viejo enseñó al niño a buscar en el árbol y descubrir la música que tenía enredada entre las hojas aquí y allá.

Los sábados la gente venía con la merienda y manteles y se sentaban alrededor del árbol. Entonces el viejo salía de la casa y se acercaba saludando, preguntando qué música querían hoy.

-¡Alegre!

-¡Divertida!

-¡Con sol! -dijo una niña.

-Con sol ¿eh? -dijo él pensativo-. Veremos que encontramos.

Entonces llamó a su nieto y le señaló una rama larga y flexible con hojas muy verdes.

-¿Ves esa que se agita arriba y abajo, arriba y abajo? Esa.

El niño subió y, con cuidado de no tocar otras, movió la que le había señalado su abuelo.

Y la música con sol sonó. Los niños que corrían por el prado volvieron y se sentaron a escuchar.

Y así pasó la tarde. La merienda fue larga y con mucha música. Algunos se despedían y se iban sin hacer ruido y otros llegaban y se sentaban. A veces los niños perdían el interés y se iban pero siempre volvían cuando escuchaban que la música se volvía más alegre.

El viejo finalmente dio unas palmadas y riendo echó a la gente.

-¡Vamos, hasta el sol está bostezando! Buenas tardes a todos.

La gente le daba al viejo algo de dinero, pero sobre todo le dejaban cestas de fruta o un buen trozo de jamón o botes con guisos. Después se despedían hasta el sábado siguiente.

Una tarde de otoño el niño oyó música y se extrañó. Por esa época el árbol dejaba de dar música y se dormía. Como decía su abuelo, la temporada de conciertos había terminado. Y entonces le vio, estaba con la espalda apoyada contra el tronco y la cabeza baja. Las hojas del árbol caían sobre él. El árbol y el viejo se habían dormido. Pero el árbol despertaría en primavera y el chico supo que su abuelo ya no.

La música sonaba cayendo junto a las hojas amarillas. El niño estaba seguro de que su abuelo no había podido subir a mover ninguna rama del árbol, pero allí estaba la música triste y suave. Puso la mano en el tronco y dio las gracias al árbol.

Todo fue muy raro a partir de entonces. El niño apenas tuvo tiempo de llorar. Unos días después llegó un hombre vestido de gris con un papel  y pusieron una valla alrededor de todo el prado.

Cuando llegó la primavera el hombre vestido de gris abrió la valla y puso un cartel. Nadie podía acercarse al árbol si no pagaba. El hombre siempre tenía mala cara. Después de cobrar dinero a la gente daba con un palo a una rama y sonaba una música. Una cualquiera. El hombre no sabía buscar y tampoco le importaba.

Poco a poco la gente dejó de acudir al prado y el hombre de gris cerró la verja y puso un candado. Y se fue más enfadado que nunca.

Pasaron los años y la gente se fue olvidando del árbol y de la música.

Una tarde… una tarde un joven pasó por al lado de la verja. De pronto le pareció oír algo.

-Es la música del abuelo -murmuró.

El chico puso las dos manos en la valla y dio un empujón. La valla se cayó haciendo un ruido de madera podrida. Pasó por encima de las maderas y se acercó al árbol. Seguía allí, en medio del prado, enorme con sus cien ramas señalando al cielo. Pero no estaba igual. Al chico le pareció que tenía las hojas más grises, un poco marchitas.

-Así que tú también nos necesitas. Necesitas que te escuchemos.

Y entonces tomó una decisión. No le importaron los hombres de gris y las vallas. Fue al pueblo y cogió una pala y un pico.

La gente se extrañó y le preguntaba que qué iba a hacer. Y él contestaba:

-Voy a la colina. La valla.

Y la gente lo entendió. También cogieron palas y subieron la colina con el chico. Para cuando anocheció habían arrancado hasta el último madero de la valla y habían hecho una gran hoguera que iluminó la noche. La gente rodeó al chico esperando. Al final una niña se acercó y le cogió de la mano.

-¿Qué estamos esperando? -le preguntó.

-Nada -contestó el chico-. ¿Qué música te gustaría escuchar?

La niña no entendió qué quería decir pero sonrió.

-No sé, ¿una bonita?

-Muy bien.

Y el chico se subió al árbol y agitó suavemente una rama gruesa con muchas hojas.

Y la Música volvió.

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