El cuento de Edu :: La banqueta de Rossini

 

LA BANQUETA DE ROSSINI

 En este cuento se va a pronunciar una palabra bastantes veces. Y es una palabra que sieeeempre que la digo en un cuento causa mucha risa. Claro, si la digo y os empezáis a reír no vais a oír bien el cuento, que es buenísimo. Así que he pensado hablar de la palabra un poco al principio y así después ya no os hará tanta gracia.

Bien… la palabra es CULO.

¿Y hace falta ser grosero y hablar de culos? Pues sí. Este culo fue un culo muy importante en el mundo de los culos… ¡perdón! De la Música, un culo muy importante en el mundo de la Música.

Había pensado usar otras palabras como trasero, tafanario, glúteos, nalgas, posaderas, pandero, pompis,… Pero al final pensé que lo mejor es llamar al pan, pan y al culo, culo.

Y ahora ya sí, empezamos…

Érase una vez un piano y su banqueta. El piano era grande e importante porque pertenecía a un músico grande e importante. El músico era muy grande…. Enorme. Pero no solo como músico. Era enorme de cuerpo… y de culo, claro. Se llamaba Rossini, Gioachino Rossini y era uno de los músicos más famosos de su época.

Y esto nos lleva a la banqueta. Era de madera, de cuatro patas y era giratoria, es decir, la parte del asiento daba vueltas si la movías. Y claro, teniendo en cuenta que Rossini era enorme y su culo también era enorme, la banqueta era muy fuerte y de la mejor madera. Los criados de Rossini la revisaban todas las semanas porque claro, imaginaos que en una de esas, catacroc, la banqueta se rompe.

El piano no hacía más que recordarle a la banqueta lo importante que era, aunque fuera él el que hiciera la música. Así que los dos se admiraban mutuamente. Uno por la música que hacía y el otro por aguantar ese culo.

-Cuidado, ahí viene -decía el piano.

Y la banqueta se preparaba para el enorme esfuerzo que tenía que hacer cuando Rossini hacía música. Puede parecer una tontería pero imaginaos que a vosotros os ponen una vaca en brazos y tenéis que quedaros sujetando durante horas.

Cada vez que la banqueta oía a Rossini gritar: “¡Tengo hambre! ¿Está la comida lista?” se echaba a temblar. Porque ¡cómo comía Rossini! Un dragón, un ogro y un gigante juntos hubieran perdido en un concurso con Rossini. Además le gustaba inventar platos. Él inventó los canelones y un fabuloso turnedó (que es un filete de la mejor carne con foie grass). Un día me contó una persona muy sabia que Rossini  casi se tiró a un río sin saber nadar para rescatar a un pavo relleno que se había caído al agua. Sí, era un comilón.

Así que podemos decir que la banqueta tenía mucho mérito.

Por si no lo sabíais, Rossini había compuesto treinta y nueve óperas antes de cumplir los treinta y tres años. Esto es una barbaridad. Se había hecho famosísimo y había ganado montañas de dinero.

Pero ya hacía muchos años que no componía óperas y el piano y la banqueta estaban preocupados. Su dueño parecía unas veces contento y otras triste. La gente decía de él que era así, distinto, especial. Al piano y a la banqueta no les preocupaba la gente, lo que querían es que Rossini volviera a componer óperas. Vale que eso le agotaba, pero los dos amigos echaban de menos cuando escribía una ópera tras otra. Así que lo hablaron y pensaron un plan.

El piano y la banqueta estaban preparados. La próxima vez que Rossini se acercara se iba a enterar.

Estaban en tensión, cada vez que pasaba cerca contenían la respiración (bueno, ya me entendéis) pero nada. Rossini movía su enorme corpachón de acá para allá metido en mil asuntos.

-¡Maldito duque de Alba! ¿Dónde están mis dieciséis mil ducados? Lo voy a freír en aceite de oliva y servir con trufas -y se alejó dando voces.

El piano y la banqueta sabían que su dueño siempre estaba con líos de dinero… o mejor, los demás tenían líos con el dinero de Rossini.

Al cabo de un rato volvía a pasar llamando a los criados.

-¡Es un desastre! ¡No hay foie grass! ¿Queréis matarme de hambre? ¡Rápido que alguien me traiga un par de kilos… o mejor tres!

-Así no hay forma -exclamó la banqueta-.  Hay que hacer algo. Mira, me voy a tirar cuando pase.

-No seas bruta -contestó el piano-. Déjame a mí.

Y así fue. Cuando Rossini entró en la sala con unos papeles que parecían importantes, el piano dijo ¡PLON!

El músico paró en seco y algunos papeles se le cayeron.

-Juraría que el piano ha sonado… -dijo con voz baja-. Un ratón. ¡Un ratón dentro de mi piano!

Dejó los papeles en un sofá, menos unos cuantos que enrolló como si fuera una porra. De puntillas se acercó al piano. Escuchó con atención y… ¡PLON! ¡Cayó de culo sobre una silla despistada que no esperaba ese ataque! Menos mal que todos los muebles eran resistentes si no hubiera ido al suelo.

-¡Maldito ratón! Ahora verás.

Rossini dio un salto, abrió la tapa del piano, levantó la porra de papel y…

¡Nada! Ni ratón ni nada. Era cosa de brujas. El piano estaba embrujado. ¡Muy bien! Pues él lo iba a desembrujar.

Se acercó a la banqueta y esta se preparó para el enorme impacto del culo del músico. Hizo fuerza y ahí estaba ya ¡pof! La banqueta casi había olvidado de la fuerza que había que hacer… o el músico había engordado en las últimas semanas. Pero no le importó. Estaba contenta de volver a la música otra vez.

¡Plin, plon! Rossini dio en dos teclas con mucho cuidado. Nada. ¡Plin, plon, plan! Nada. El músico cogió aire y levantó las manos para tocar. En ese momento la banqueta y el piano pusieron en práctica su plan.

No importaba lo que quisiera tocar Rossini, la banqueta giraba y le daba a otra tecla y cuando la banqueta no podía, era el piano el que sonaba como quería. Y lo que tocaban entre los tres era la obertura del Barbero de Sevilla, una de sus óperas más famosas. Rossini se esforzaba pero no paraba de girar y darle a otras teclas. Soltó un rugido, sudaba en su lucha, pero no había forma: “el barbero” seguía sonando.

Finalmente con un salto, Rossini se alejó del piano, sacó un pañuelo y se secó el sudor señalando con un dedo a la banqueta y al piano.

-¡Estregati! ¡Maledetti! ¡Io ti distruggo! -que en italiano viene a significar “como coja un hacha vais a ver lo malditos que estáis”.

Y Rossini se fue dando un portazo.

-Oye -dijo la banqueta-. Yo no es que sea muy espabilada pero ¿tú crees que así lo conseguiremos?

-Volverá.

Y sí, el piano tenía razón. A la mañana siguiente se abrió la puerta poco a poco y primero una sartén y después la nariz de Rossini se asomaron al salón. Después el corpachón del músico pasó muy muy despacio por la puerta. Levantó la sartén y se acercó a los dos amigos.

-Como escuche el Barbero, me lío a sartenazos ¿entendido?

Movió muy despacio la banqueta, la hizo girar, miró por debajo y con mucho cuidado acabó sentándose.

-Muy bien. Vamos allá…

Y todo volvió a empezar. Hay que decir que la banqueta y el piano habían hecho caso al músico porque no sonaba El Barbero. No. Ahora era otra ópera de Rossini famosisíma: La Urraca Ladrona. Y allí estaba el gran músico luchando furiosamente para no tocar su propia música mientras la banqueta giraba tan rápido que casi tiraba a Rossini.

Y de pronto ya no era la Urraca, ahora sonaba Guillermo Tell. Si la música parecía galopar, no os cuento Rossini subido en la banqueta. Parecía que estaba intentando domar un caballo salvaje. Un caballo salvaje que no se rendía. Rossini tampoco. Era un duelo terrible. La furia del músico contra la cabezonería de la banqueta. Parecía que la victoria debía ser de Rosssini, al fin y al cabo él estaba encima, pero no, la banqueta aguantó como una campeona. Finalmente el músico se rindió.

-¡Parad! -rugió-. Basta.

El piano y la banqueta obedecieron.

 

-Me he dado cuenta de lo que queréis. ¡Ópera! Queréis que vuelva a escribir ópera.

El piano volvió a sonar.

Rossini levantó la sartén.

-¡Eh! He dicho basta.

-¿No lo entendéis? Ya no quiero componer más óperas. No necesito escribir más. Pero sí tengo mucha más música. Escuchad.

-¿Lo escucháis? Tengo mucha música, pero no más ópera. Música para mí, para vosotros y para otra gente. Es lo que quiero hacer. ¿Estamos de acuerdo?

La banqueta y el piano decidieron que sí, que vale, que esa música también les gustaba y dejaron que Rossini la tocara.

-Y ahora es hora de comer. Tengo hambre.

Se levantó y se fue gritando.

-¡Espero que mi comida esté lista! Un turnedó de medio kilo será suficiente… y unos caneloni.

La banqueta de Rossini le vio alejarse. Puede que tuvieran música otra vez, pero algunas cosas no cambiarían… o mejor, sí cambiarían. Seguro, seguro que el culo de Rossini sería más gordo.

Rossini dibujado por Inma, ilustradora y teatrera amiga de Martín Llade

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