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El cuento de Edu :: El zapatero, las zapatillas y la chica

EL ZAPATERO, LA CHICA Y LAS ZAPATILLAS

Érase una vez un chico y una chica.

El chico era zapatero y hacía zapatos y la chica bailarina y bailaba.

Una mañana el chico terminó unas zapatillas. Eran blancas y con unas cintas largas. Eran unas preciosas zapatillas de ballet. El caso es que el zapatero las acababa de… acabar y ya estaban las dos, la zapatilla derecha y la zapatilla izquierda, discutiendo. Una persona mayor os diría que siempre están así pero ese… ese es otro cuento.

El zapatero las colgó de un clavo por las cintas. Las zapatillas seguían peleando todo el tiempo. Que si tus cintas son más largas que las mías, que si no me des con la suela, que si… y así tooodo el día. Y se peleaban porque se aburrían. Sí, como tú con tu hermana.

Ellas eran zapatillas de ballet y lo que les hubiera gustado es bailar sin parar. Y se aburrieron hasta que un día entró la chica en la zapatería. Los dos, la chica y el chico hablaron y él señaló a las zapatillas.

-¡Que nos venden! -gritó la derecha.

-¿Tú crees? -preguntó la izquierda.

-Ya verás.

Y sí, el zapatero descolgó las zapatillas del clavo, le ayudó a ponérselas a la bailarina y le ató las cintas.

-¿Qué tal? -preguntó la derecha a la izquierda.

-Muy bien. Muy cómoda. Creo que encajamos bien -contestó la izquierda.

-Yo también -dijo muy contenta la zapatilla derecha.

El zapatero le quitó las zapatillas a la chica con una sonrisita un poco tonta. La zapatilla izquierda se quedó mirando al zapatero.

-Oye, ¿por qué él pone esa cara de bobo?

La derecha también le miró.

-¡Uf! Ya sé lo que pasa.

-¿El qué?

-Que a nuestro chico le gusta la chica -respondió la derecha.

-¿Seguro? -la izquierda miró a la chica de arriba a abajo… o mejor de abajo a arriba-. Pues yo no la veo tan guapa.

-Es que tú eres una zapatilla.

-Ya, claro. Calla, a ver qué dicen.

-Sí, están muy bien -dijo la chica-, pero creo que son demasiado caras. No puedo pagarlas.

-Bueno… no pasa nada -contestó el zapatero-. Te las llevas y las pruebas y ya después otro día… es decir, que no te preocupes.

-Este chico nos va a regalar -dijo la zapatilla izquierda.

-¿En serio? -preguntó la derecha.

-Verás.

Y el zapatero envolvió las zapatillas en papel de seda y después las metió en una caja. Las zapatillas notaron como la chica cogía la caja y oyeron como se despedían.

-¿Y ya está? ¿Se acabó? -la zapatilla derecha estaba muy preocupada.

-Supongo que sí. ¿Por qué? -preguntó la izquierda.

-Pues porque la chica no volverá. Le dará vergüenza porque no ha pagado y a nuestro chico le gustaba ella -la zapatilla derecha habría fruncido el ceño si hubiera tenido ceño que es eso que está por encima de los ojos.

-Ya sé qué vamos a hacer para que ella vuelva.

Y allí mismo, en la caja, la zapatilla izquierda se quitó una de las cintas. ¿Cómo? Es imposible saberlo porque estaba metida en una caja y nadie lo vio.

Unos minutos después la chica estaba otra vez con el zapatero contándole lo que pasaba.

-Cuanto lo siento -dijo él-. Te la arreglo en un momento.

Un momento y medio después la zapatilla estaba como nueva otra vez en su caja. Cuando la chica salió a la calle las zapatillas hablaron.

-Bueno, sí -dijo la derecha-. Han hablado un poquito pero ya estamos otra vez aquí. Así que ahora me toca a mí.

Y con mucho cuidado la zapatilla derecha soltó un poco la suela. Así que otro rato después allí estaba otra vez la chica con las zapatillas. Se las enseñó al zapatero y este se sorprendió mucho.

-Es muy raro. Mis zapatillas son muy buenas.

-¿No creerás que las estropeo yo?

-No, pero es muy raro. Trae que la arreglo.

-Yo no quería que me las regalaras, pero si no están bien hechas yo no puedo…

-Están muy bien hechas -dijo el zapatero.

El zapatero cosió la suela con mala cara. La chica también parecía enfadada.

-“¡Uy! -pensó la izquierda-. Creo que lo estamos haciendo fatal. Ahora están enfadados”.

Y mientras el zapatero arreglaba la derecha, la izquierda con mucho, mucho cuidado se escondió detrás de un cajón. Entonces se dio cuenta de que asomaban las cintas y muy despacito tiró de ellas hasta que no se vieron. ¿Qué cómo lo hizo? Ni idea. Esto tampoco lo vio nadie. Cuando el zapatero muy enfadado metió la derecha en la caja no se dio cuenta de que faltaba la otra zapatilla.

La chica cogió la caja y diciendo adiós flojito se fue.

-Vamos -decía la zapatilla izquierda al zapatero-. Vamos, encuéntrame.

El zapatero miraba la puerta con cara de enfado. ¡Dudar de sus zapatillas! ¿Qué se había creído esa chica? Resopló y se puso a trabajar.

La zapatilla izquierda estaba muy nerviosa. Era la primera vez que se separaba de su hermana y no sabía qué hacer. Al final decidió arriesgarse. Poco a poco se movió detrás de la caja y se tiró al suelo.

El zapatero dio un salto como si hubiera visto un fantasma. Miró la zapatilla, miró la puerta y de un salto salió corriendo con la zapatilla agarrada por las cintas.

-“No la va a encontrar” -pensó la zapatilla izquierda.

Pero el zapatero sí sabía dónde encontrarla. Corrió por la calle. La gente le miraba como si estuviera loco. Allí iba corriendo con su delantal de cuero, un martillo en una mano y una zapatilla blanca en la otra.

-¡El teatro! ¡Ahí está!

El zapatero corrió hacia el teatro pero se encontró la puerta cerrada. Empezó a dar una vuelta alrededor buscando otra entrada y sí, la encontró. Allí había un hombre que pareció contento de ponerle cara de enfado al zapatero. Contento… enfado… ya me entendéis.

-Le he vendido unas zapatillas a la chica que acaba de entrar y se ha dejado una.

El hombre le miró muy serio pero al final hizo un gesto con la cabeza y le dejó pasar. El zapatero buscó a la chica. ¡Allí estaba! Miraba dentro de la caja con cara triste. El zapatero se acercó.

-Hola.

-Hola -contestó ella abriendo mucho los ojos.

-Tu zapatilla… te la has dejado… eh, no sé cómo te llamas.

-Maya. Gracias por traérmela. Bueno…voy a ponérmelas. Es que me toca ensayar ahora.

-Claro.

La chica se puso las zapatillas y salió al escenario del teatro. Las zapatillas pudieron hablar.

-Te echaba de menos.

-Y yo a ti. Me estaba asustando al ver que no venías. ¿Qué va a pasar?

-Creo que vamos a bailar.

-¿En serio?

-Muy en serio.

En el escenario había un hombre con un piano que se puso a tocar.

Y la chica empezó a bailar. Se movía como si no necesitara el suelo para moverse. Como si las zapatillas la hicieran volar. Era el primer baile de las zapatillas pero el zapatero las había hecho para eso y sabían exactamente qué hacer.  Juntas, las zapatillas y la chica, llenaron aquel teatro de música hecha movimiento. Las zapatillas se esforzaron en bailar como nunca antes lo habían hecho otras zapatillas y no se sabe si lo consiguieron o no, pero ellas lo intentaron.

El pianista casi no acertaba con las teclas intentando mirar a la bailarina. Y también miraban el que manejaba el telón y el de las luces y los demás bailarines. Todos se quedaron paralizados mirando.

¿Y el zapatero? El zapatero miraba desde un rincón con la cara más asombrada que hubiera puesto nunca ningún zapatero.

-¿Le ves? -dijo la zapatilla izquierda.

-Sí, le veo -contestó la derecha-. ¿Y ahora qué?

-¿Sabes? Pienso que ya es hora de que ellos dos hagan algo ¿no? ¡No vamos a hacerlo todo nosotras!

Y la zapatilla derecha tenía toda la razón. Y como esto es cuento y no la vida real, el zapatero y la bailarina fueron felices para siempre y ella siempre tuvo  aquellas maravillosas zapatillas para bailar maravillosamente. Así empezó otro cuento que se llamó “La bailarina, el zapatero y las zapatillas, claro”… o algo así.

El dibujo de Anita